sábado, 3 de marzo de 2018

MI SOL

Mi relato "MI SOL" fue seleccionado en el Concurso "EL 
CAMINO DE SANTIAGO"

“Caminante no hay camino, se hace camino al andar”
Con este estribillo comencé mi peregrinación hasta el 
maravilloso Santuario del apóstol Santiago. Llevaba en mi 
interior mil preguntas que clamaban respuestas, llevaba el 
alma henchida de amor y de dolor, llevaba el corazón 
lacerado por la incertidumbre, por la pena, por sentimientos 
encontrados. Iba en búsqueda de esa luz, que alumbrara 
mis más lúgubres pensamientos, que me sacara de la 
oscuridad, que me diera paz y me enfrentara con la verdad,
por más dolorosa que fuera.
Me puse en camino lentamente, con mi pesada mochila a 
cuestas, intentando descubrir en mi interior esa grieta 
profunda que se había tragado parte de mi vida y por la que 
se había introducido una dulce historia pasada, dormida por 
décadas, pero cuya chispa de amor nunca se había apagado.
A medida que avanzaba encontraba otros caminantes, otros 
peregrinos, que deseaban descubrir ese yo interno, purificar 
sus pensamientos, reencontrarse con verdades. Cuando uno
 comparte esas situaciones, el peso de la carga parece 
alivianarse.

Me detuve en Finisterra a contemplar la puesta de sol, un 
espectáculo alucinante. Pensé entonces que mi vida estaba 
llena de soles, tan maravillosos como ese, pero que por 
alguna razón, alguno había perdido su brillo y su 
magnificencia. Observando sus paisajes espectaculares, 
tomándome tiempo para reflexionar ante tantas
 circunstancias de mi vida y mirando ese ocaso que me empequeñecía, me propuse llegar al final del camino con
la mente despejada y un nuevo sol que me alumbrara.
Mi mirada se pierde en el Camino de Santiago y recuerda 
aquella adolescencia llena de alegría, aquel primer amor que se fue un día, aquel primer beso que quedó suspendido 
esperando un regreso que nunca ocurrió. Y al pensar en ello
con un dejo de dulce tristeza, algo del peso del alma parece 
menguar. Porque no es un peso haber amado, sino una 
bendición haber conocido el amor.
Más tarde, cuando la primavera hace bullir la sangre y 
arrebola las mejillas, volvió el amor, más responsable, más 
maduro, con el equilibrio justo para comenzar un nuevo 
camino. Ese sendero que comienza en el altar donde 
juramos recorrer juntos el zigzag de la vida, tomados de la 
mano, siempre con la vista puesta en un horizonte pleno, 
nunca mirando hacia atrás.
Entonces me detengo a arrojar otra piedra, en este increíble
 Camino de Santiago que a cada paso me va purificando, me
va abriendo puertas, me va mostrando con claridad que 
nuestra existencia tiene diferentes matices, solo debemos 
saber interpretarlos y ajustar nuestros pasos y nuestros 
sentimientos a los vaivenes que esos matices le imprimen a 
la vida.
Cuando en nuestra mente se plantea la idea de recorrer el
 Camino de Santiago de Compostela, la meta fijada es llegar,
 pero llegar no solo al lugar físico donde se alza la Catedral,
 sino también llegar a la exploración de nuestro interior, a 
descubrir el porqué de nuestros interrogantes, el porqué de 
nuestros miedos, el por qué se desencadenan terremotos y 
volcanes en una vida que parece tranquila y sin sobresaltos.
 En una palabra, emprendemos el Camino de Santiago para
 hallar en el final la respuesta que no encontramos y la paz que necesitamos.
Es en ese camino donde comenzamos a arrojar nuestro 
peso psíquico y espiritual, ese con el que convivimos y que 
de alguna manera y en algún momento, nos hace flaquear y 
no nos deja avanzar.
Está solo en nosotros el poder vaciar la mochila que 
cargamos desde el primer día, está solo en nosotros tener la 
fortaleza de deshacernos del peso que nos agobia, está en
 ese camino que recorremos, a veces en silencio, a veces en
 soledad, encontrar las respuestas que permitan que, al 
emprender el regreso al hogar, un nuevo sol despunte en
 nuestro horizonte, un sol diferente que entibie cada mañana,
 que ponga una sonrisa donde hay una lágrima y que con su
luminosidad y calor, diluya todos los por qué y le dé un 
nuevo y maravilloso significado a la vida, a mi vida. Porque 
desde que recorrí ese camino tengo un sol, Mi sol, que 
nunca dejará de guiarme, alumbrarme y darme amor.

Julio, 2015.-

EL PAN DEL MILAGRO

Mi relato "EL PAN DEL MILAGRO", fue publicado en el libro 
"CUENTOS DE LA ESPELTA Y LA SAL".

Octubre, 2015.-

NUEVE LUNAS

DIVERSIDAD LITARARIA

Mi poema "NUEVE LUNAS" quedó seleccionado para 
integrar el libro "LUZ DE LUNA"

Nueve lunas han pasado desde que te anunciaste.

El vientre de tu madre se ha redondeado

y en él, tibio y sereno te instalaste
.
La luna me ha sonreído durante meses

en que mis manos tejían para esperarte

saboreando anticipadamente las mieses.

Hoy la luna se ha asomado mi querido Nicolás

mostrando un brillo distinto,


ese que tu llegada a nuestra vida dará

y por primera vez en abuelos nos convertirá.

NOTA: Este poema fue escrito el 12 de abril y Nicolás nació el 14.-

 Julio, 2015.-

FLORECER

Esta poesía mía ha sido seleccionada para integrar el libro
"VERSOS EN EL AIRE IV"

EL astro Rey declina en su cenit,

otorgando el fluorescente verde de esmeraldas

a las ramas y las hojas del árbol poderoso.

Ese árbol que, frondoso,

se destaca en la espesura del impenetrable bosque,

y allí, en la enramada,

dormita su siesta de verano

ese sol que muy pronto será tibio.

Y entonces, cuando llegue el frío

teñirá su cabellera de ocres y de rojos

y en una cadenciosa danza

la esparcirá como agua mensajera.

Bajo su sombra, nuestra mente

como hojas danzarinas

se desintegra en mil ideas

que navegan en una dulce marea.

Y la pluma del poeta, ligera,

transforma en palabras que abrazan el alma.


¡Qué profundo es el mundo!

No en distancia hacia el centro del planeta

sino hacia el eje mismo del pensamiento.

El viento, ululando entre sus ramas

llevará su perfume y su semilla

a tierras lejanas

haciendo que una nueva luna renazca.

Habrá un mañana lejano,

como la eternidad, lejano

y bajo su sombra cobijará otro beso

que florecerá en amor y gozo

brindando a los amantes

melodías de campanas al viento.

Marzo; 2015.-

EL AGUJERO NEGRO

DIVERSIDAD LITERARIA

Un microrrelato mío ha sido seleccionado para integrar el libro "INSPIRACIONES NOCTURNAS"

Se desvanecen los colores y las formas para dar paso a la imaginación. Se exacerban los sonidos y aromas cuando las sombras de la noche tienden su manto negro y producen el milagro de soñar despierto, sin ser visto, asimilando lo que ese agujero negro ha deglutido en su oscuro e impenetrable vientre.-

Febrero, 2015.-

TRESCIENTOS SESENTA Y CINCO DÍAS


El año va llegando a su fin.

Trescientos sesenta y cinco días que decimos:
—¡Qué rápido han pasado!
Pero cuando nos detenemos a pensar…¡Cuántas cosas han pasado!
Mientras me propongo realizar una receta de muffins de arándanos, pienso que siempre, a esta altura del año, me gusta hacer un balance de todas las cosas que ocurrieron. Mientras mezclo y bato me propongo un ejercicio de yoga: intentar desdoblarme, salir de mi cuerpo y recorrer un camino.
Y así, con las manos en la masa, separo mi cuerpo físico de mi espíritu y diviso un enorme cartel que en grandes letras dice PARTIDA.
Me sitúo detrás de la línea blanca y miro esa franja casi recta que se va angostando en el horizonte, y allí comienzo mi caminata.
Decido hacerla lentamente pues recorrer un año de camino en tan solo una hora será cansador y desgastante.
Llevo una pequeña mochila en mi espalda donde voy juntando guijarros a medida que avanzo. El camino no es tan recto ni tan limpio como se ve en la línea de partida. Tiene empinadas subidas y bajadas abruptas, tiene fango y grandes rocas que entorpecen la marcha.
Voy introduciendo piedras por aquellos proyectos que dejé sin intentar realizar, por la enfermedad de un ser muy querido, por alguna mentira que intentó ocultar una verdad, por enojos y agravios que salieron de mi boca sin poder filtrar.
Y mientras mi cuerpo físico ve crecer la masa, ve como sube, como se espesa y pesa, mi cuerpo espiritual que recorre ese largo camino, siente también el peso de esa mochila que me encorva y enlentece mi andar.
Decido sentarme mientras la masa leva y también en mi camino busco la sombra de un añejo árbol para descansar.
Allí recostada, mis manos juegan con las piedrecillas que fueron surgiendo en estos trecientos sesenta y cinco días. Lágrimas de impotencia caen sobre ellas por tantas situaciones que no resolví, por tantos momentos que no compartí, por tantos sentimientos que no fueron puros, por tantos olvidos y por tantas metas sin cumplir.
La masa levó y es hora de ingresarla al horno. 
También mi otro cuerpo ya tomó respiro y vuelve al camino que el año trazó.
Una brisa fresca me recuerda risas, los lindos momentos de la Navidad, las chispeantes burbujas del Año Nuevo en una copa de champagne, brindando felices con esta familia que logré formar. Entonces mi mano arroja una piedra, por esos instantes de dicha total. 
También la alegría de aquel reencuentro con amigos lejanos, frente a una gran mesa llena de manjares, de anécdotas y recuerdos, hacen que otra piedra vuelva a tirar.
Pienso en el momento tan único y especial, cuando vi a mis hijas del brazo del padre su matrimonio consagrar y esa gran fiesta donde para cada amigo había un lugar. Veo la felicidad reflejada en el rostro de mi hijo por esa familia que está por armar.
El día certero que un correo sin destinatario me hizo el regalo de amigos a través del charco.
La oportunidad de aprender y escuchar y de que mis palabras en un libro se puedan plasmar.
Y así, muchos pedruscos salen y ruedan por la pendiente de ese camino que ya llega al final.
El timbre del horno me indica que la hora justa se acaba ya y una bandera a cuadros señala que estoy en la recta final.
Pero falta una noticia antes de alcanzar la meta. Esa que esperaba con tanta ansiedad.
Esa que me llena de renovada energía, que enciende mis ojos al hablar. Si ser madre es conmovedor, saber que voy a ser abuela me hace galopar el corazón.
Me desplomo exhausta después de una hora de arduo caminar. Me inclino en la bolsa que ya no pesa más. Y otra vez las lágrimas brotan sin cesar, porque apenas un par de guijarros quedan por saldar.
Al abrir el horno me sonríen los muffins que levaron mucho y adquirieron el color y textura para saborear.
Miro hacia el cielo azul y ese cuerpo que dejé escapar, que durante una hora transitó el camino de tantos días de lluvia y de sol, vuelve y se introduce, casi sin peso, nuevamente en su lugar.
Entonces respiro aliviada porque lo positivo triunfó en el largo año que me tocó transitar.
Los muchos errores me hicieron recapacitar para intentar no volver a tropezar, los logros afianzaron mi seguridad y los sueños, metas y proyectos volverán a estar.
Deseo el próximo año, al recorrer este camino llamado balance, poder desechar el peso que queda, aunque se con certeza que nuevas piedras ingresarán a mi mochila
Porque el camino de la vida no es llano, no es recto, no es perfecto.
Entonces doy vuelta la bandera a cuadros para colocar nuevamente el cartel de partida, que también tendrá trescientos sesenta y cinco días.



Diciembre, 2014.-


viernes, 2 de marzo de 2018

DOS ANILLOS, DOS ARCO IRIS

Una tiene 93 años, la otra 29.
Una es abuela de siete nietos, la otra es la más pequeña de ellos.
Desde el primer día se sintieron atraídas por un amor profundo, una desde sus años, la otra al recibir la caricia en su suave piel de recién nacida.
Un anillo brillaba en la mano de la abuela que hacía las delicias de la pequeña. Corría a su encuentro y tomándole la mano hacía girar el dedo para que el sol descompusiera en un arco iris de colores el pequeño brillante que tanto la atraía.
La abuela entonces le contaba la historia de su boda, del anillo que el abuelo había colocado en su dedo hacía ya muchos años.
Entonces la pequeña, con vos mimosa le decía:
—Abuela, cuando yo me case quiero llevar ese anillo.
Entonces la abuela con voz quebrada le contestaba:
—Este anillo será tuyo el día que yo emprenda un viaje muy largo y espero que lo cuides y lo quieras como nos hemos querido tus abuelos.
Ella no entendía y cada vez que la veía corría a sus brazos y le preguntaba:
—Abuela ¿cuándo te vas a hacer ese viaje largo?
Era tal la fascinación por el anillo que un día mordió a la abuela en el muslo por no querer dejarla jugar con ese arco iris que la hacía soñar.
Los años pasaron, la abuela ya no cuenta cuentos, pero siempre espera la llegada de esa nieta que le arranca sonrisas y le cuenta secretos y entrelazan sus manos como cuando era pequeña y le regalaba los cuadros que de los cuentos ella pintaba y le pide perdón por aquel mordisco que nunca olvidó.
Un novio llegó y conociendo la historia del mítico anillo, mandó hacer una réplica idéntica para el día del compromiso.
Hoy hay dos arco iris que danzan y destellan brillantes colores en dos manos que siempre se entrelazan, dos manos distintas que marcan el paso de la vida.
Una tiene 93 años—mi madre— y su anillo enlazado en su dedo hace más de siete décadas, cuenta una antigua historia de amor, la otra—mi hija— tiene 29 y su anillo comienza a contar una nueva historia.
La abuela se emociona al pensar que nunca dejó de amar y desear esa pequeña joya, compañera inseparable que hoy, ya viuda, la sigue acompañando con recuerdos y nostalgias y la nieta se alegra de que haya dos anillos, pues la abuela aún no ha emprendido ese largo viaje del que siempre le hablaba.
Dos generaciones entrelazadas con dos anillos, con dos arco iris que siempre danzan.
Anillo de la abuela: 3 de agosto de 1942
70 años después
Anillo de la nieta: 25 de diciembre de 2012


Diciembre, 2012.-
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EL AMOR

Un toc toc golpea el pecho,
Un temblor recorre el alma.
Una flor abre sus pétalos, 
Una brisa enciende la mirada.
¿Qué será?
Es el amor, el amor el que golpea,
El que embriaga, el que marea.
Es el amor de primavera
Tal vez eterno, tal vez efímero
Pero es el amor… el único.
Mayo, 2015.-

jueves, 1 de marzo de 2018

EN EL OTOÑO DE MI VIDA

Muchos años han pasado desde que mis ojos se abrieron por primera vez al mundo.
Muchas estaciones han ido quitando hojas al almanaque y agregando canas y arrugas a mi persona.
Sentada frente a un álbum de fotografías, desfilan por mi mente aquellos veranos ardientes cuando jugaba con muñecas en cuyas caritas de porcelana sus ojitos hacía clic, clac al abrirse y cerrarse. Mi primera bicicleta, regalo de ese tío que partió hace pocos inviernos y que dejó por siempre la tibieza y la alegría de tantos momentos compartidos.
Las fotos en sepia de mis queridos abuelos que tantas primaveras me enseñaron los nuevos retoños que nacían de la savia nueva.
Las fotos modernas de colores vivos me arrancan esas lágrimas de orgullosa madre, ante un hijo que egresa o una hija que se casa.
Y las carcajadas ante la sorpresa de ese inesperado regalo que Papá Noel nos trajo y que disfrutamos como los niños de antaño.
Hoy que el otoño ha entrado a mi vida, miro todas esas fotos y agradezco por tantos veranos y tantas primaveras, por tantos inviernos, pero sobre todo, por este otoño que maravillosamente estoy transitando.
Mayo, 2015.-

AMOR EN LES FESTES DE SANT JOAN

Hace unos días tuve la alegría y el honor de que mi relato haya sido elegido segundo en el certamen que anualmente se realiza en Alicante.
La foto es el momento preciso en que el Presidente del Jurado le hace entrega de mi premio a un colega residente allí.
Aquí dejo la historia ganadora. (Segundo lugar)


Muchos años pasaron desde que, con el entusiasmo de la juventud, decidió hacer un largo viaje, que la depositó frente al Mediterráneo, en la bella ciudad de Alicante, para celebrar allí la presentación de un nuevo libro y, festejar las <<Fogueres de Sant Joan>>. En ese lugar, casualmente se enamoró por primera vez de un dulce muchacho de mirada pícara que nunca olvidó. Fue su primer amor, fue el que delicadamente le enseñó a besar, fue el que despertó en ella sensaciones que nunca más experimentó. Pero la magia terminó, las hogueras se apagaron, y aunque ellos no lo supieran, dejaron en ambos una chispa encendida que ni el tiempo ni la distancia pudo apagar.
Cada uno regresó a su hogar, a su vida de siempre y el tiempo pasó. La nieve de muchos inviernos cubrió sus cabellos y muchos otoños dejaron nervaduras en la antes sedosa y tersa piel.
En las noches de insomnio ella recuerda aquel encuentro y siente aún el temblor en el cuerpo al pensar en esa noche de pasión, con aquel que fue y será por siempre su único amor, aunque ambos hayan tomado caminos diferentes. Tal vez él también la recuerde. Desearía que fuera así.
El avión procedente de Argentina, previa escala, deposita a Brisa en Alicante.
Mientras recorre con el taxi el camino hacia el hotel, no deja de maravillarse con la belleza de ese lugar del que tanto ha escuchado hablar a su abuelo.
El chofer va haciendo las veces de guía turístico:
—A su izquierda señorita, tiene usté el Monte Benacantil donde no podrá dejar de visitar el Castell de Santa Bárbara.
—Maravilloso— contesta Brisa con los verdes ojos iluminados, recorriendo ese monte de aristas irregulares que le trae el recuerdo del color ocre de las mesetas patagónicas, de donde provienen sus ancestros.
—El Castillo es un símbolo de nuestra ciudad, corona la cumbre del monte.
—Ah, sí, cada lugar tiene algo especial. Donde mi abuelo pasó su niñez y adolescencia, en el sur argentino, en una ciudad costera, el ícono es un faro, él siempre lo recuerda con nostalgia. Cuando miro sus ojos, veo pasar por ellos muchos recuerdos y se le humedecen cuando me habla de ellos.
—Viene usté a presenciar <<Les Festes de Sant Joan>>?
—Sí, sí, contesta Brisa girando la cabeza para admirar el azul profundo y maravilloso del mar.
—Es un espectáculo digno de ver, los alicantinos agradecemos la presencia de los turistas y yo espero que disfrute de una noche mágica. Quién sabe, tal vez entre el calor de las hogueras, la algarabía de la gente, las risas y cantos alegres, encuentre el amor—dijo el sonriente conductor.
—Mmm… estoy entusiasmada con las fiestas, mi abuelo me ha hablado siempre de lo alegres y coloridas que son, pero eso de encontrar el amor… no, no estoy buscando nada y no creo encontrarlo aquí.
—Nunca se sabe niña, el amor se esconde en cada recodo del camino y tal vez brote como una llamarada y se instale en su corazón.
Ambos ríen mientras a su paso desfilan las colinas que contrastan con el azul intenso del Mediterráneo.
Brisa se hospeda en el hotel y duerme profundamente después de un viaje tan largo.
Casi del otro lado del mundo, Agustín aborda el vuelo que desde Sydney, previas escalas, lo depositará en Alicante. La primera vez que este esbelto muchacho rubio de grandes y profundos ojos claros salió de su ciudad natal, lo hizo en compañía de sus padres y abuela. Viajaron muy lejos, a ese país llamado Argentina, donde tiene parte de sus raíces y de su historia. Esta vez, emprendía un largo viaje, pero lo hacía solo, acompañado por relatos escuchados y entusiasmado por vivir esa experiencia que tantas veces la abuela le había contado.
Esa abuela lo había convencido de que participara de esos festejos espectaculares, que se remontan a tiempos pasados, donde los labradores celebraban el día más largo del año para la recolección de las cosechas y la noche más corta para la destrucción de los males. Así recuerda Agustín las historias escuchadas.
Después de casi un día viajando, llega a su destino, que lo recibe mostrándole sus montes rocosos, sus barrancos, vaguadas y sus ramblas, además de sus maravillosas playas y calas.
—Tiene razón mi abuela—, piensa Agustín mientras el bello paisaje desfila raudamente ante sus ojos, esta tierra es bellísima.
Al llegar al hotel y luego de un reconfortante baño se desploma sobre la cama hasta el siguiente día.
Todo está preparado ese 20 de junio en Alicante. Desde temprano comienza la “plantá”. Cada hoguera está siendo armada, colocada en cada barrio, para que todos puedan verlas y admirarlas antes de la “cremá”. Inmensas, coloridas, llenas de creatividad.
Los turistas y los lugareños sienten un placer especial al ver quemarse los ninots, creen que de alguna manera se desprenden de malas vibraciones, se purifican. Los muñecos tienen un aire satírico que predispone a todos al buen humor, a comentarios jocosos y a risas compartidas. Las <<Bellea del Foc>> de cada barrio, son admiradas por sus típicos y costosos vestidos y por su singular belleza.
Brisa recorre embelesada cada rincón, no puede creer la alegría que allí reina, todo está impregnado de una energía que se transmite por el aire y hace que el cuerpo dance al ritmo de la música contagiosa que ofrecen las diferentes bandas. Las “portadas” de cada barraca iluminan su rostro y dibujan una mueca de admiración al ver tanta imaginación puesta en la elaboración de las mismas, y el atractivo que ofrecen a la vista.
Agustín, repuesto del viaje, degusta una bebida tradicional en una barraca popular, denominada por los alicantinos <<paloma>> .
Son días de bullicio, de fiesta inolvidable.
Cada uno por su lado recorren la ciudad, se emocionan ante el espectáculo de la ofrenda floral a la Virgen de los Remedios y se asombran ante el estruendo que produce la <<mascletá>>.
Son cuatro jornadas intensas hasta el final, cuatro días de festividad que quedan grabados para siempre como un espectáculo increíble.
El 24 de junio, cuando el sol comienza a esconderse, la gente se va agrupando alrededor de los ninots, esos monumentos confeccionados con cartón y madera, de características burlescas, esperando la famosa cremá que se producirá a las 12 de la noche.
Brisa y Agustín se encuentran entre esa multitud. Ella ha perdido el abrigo. Agustín tropezó con él y lo colocó en alto, para ver si aparecía la persona que lo había perdido.
—¡Es mío, es mío!— escucha a sus espaldas. Se da vuelta y ambos quedan mirándose, y, en la profundidad de esos ojos claros, una chispa se enciende.
—¡Qué suerte que lo encontraste!—dice Brisa sonriente mientras Agustín queda petrificado ante su belleza y simpatía.
—No eres de aquí, ¿verdad?—pregunta el muchacho ya repuesto del impacto.
—No, contesta Brisa, soy argentina, pero vos tampoco sos de acá.
—No, soy australiano, pero mis abuelos y mi padre son argentinos. ¡Qué casualidad!
—¡Ah! Entonces conocerás bien mi país, habrás ido varias veces. Hablas bastante bien el castellano
— Sí, claro, he ido un par de veces, pero es un viaje demasiado largo y no hay muchas oportunidades de hacerlo. En casa hablamos mucho en español, aunque mi gramática es fatal.
—¿Cómo se te ocurrió venir a ver este espectáculo?,—pregunta Brisa mientras mira la hora en su móvil.
—Mi abuela siempre habla de las tradicionales hogueras alicantinas. Ella estuvo aquí hace muchos años y tiene recuerdos maravillosos de esta celebración. Siempre me dijo que debería verlas, aunque fuera una vez en la vida, que lo hiciera por ella.
—Otra casualidad, mi abuelo también tiene recuerdos muy hermosos de una vez que vino a presenciarlas y estaba muy feliz de que yo hubiera decidido venir.
—¿Cenaste ya?—porque yo estoy sintiendo ruidos en el estómago y ese olorcito que viene de las barracas me estimula el apetito— dice la muchacha mientras se frota el estómago.
—Buena idea, contesta Agustín. Busquemos algún lugar donde probar la coca y tomar anís con hielo.
Ambos, imbuídos de una alegría inigualable, con los rostros alegres y sonrojados por la ansiedad de esa juventud maravillosa, se sientan a degustar las típicas comidas de esas celebraciones :<<soparet alicantí>> y <<coca amb tonyina>>
Conversan sobre sus vidas, encuentran muchas coincidencias y afinidades.
Ambos son amantes de la lectura y gustan de escribir. Ella es médica y está escribiendo sobre temas pediátricos. Él, abogado, está escribiendo sobre historia de los pueblos originarios.
Comparten el gusto por la naturaleza, por los viajes y por todo lo que tenga que ver con lo humanístico.
—Ahora que hemos saciado nuestro apetito, vayamos a ver los fuegos—dice Brisa llena de entusiasmo, tomando a un desprevenido Agustín de la mano.
Los dos corren hacia donde el gentío baila y canta y se contagian con esa música y esa alegría. Las calles desbordan de gente, las fogatas encendidas dan a la ciudad un aspecto imponente y los jóvenes se mezclan a cantar y bailar entre la multitud que colma la calle Alfonso el Sabio, donde destaca la hermosa portada de la barraca “Les Chuanos”. Allí, Brisa y Agustín, como el resto de los jóvenes, piden deseos y se detienen a mirarse con los ojos encendidos de alegría, y de algo más que iba despertando en esa inolvidable noche de junio.
—¿Sabes que si nuestros deseos son pedidos con mucha fuerza y fe se cumplirán?
—Cerremos los ojos entonces y pidamos que la vida nos permita la magia de un nuevo encuentro.
Y así, abrazados y en silencio, elevan desde lo más profundo de sus corazones ese romántico pensamiento.
El Ayuntamiento, San Blas, Benalúa, calles que recorren admirando a los ninots, abarrotadas de gente y de ruidos y el fuego que danza despidiendo chispas rojas, amarillas y azules, son testigos ocasionales de confidencias, de besos y caricias en esa noche que no desean que llegue a su fin.
Él la mira y tomando su cara entre las manos, deposita un suave pero apasionado beso sobre los labios de esa hermosa niña de la que ya se ha enamorado.
Brisa se sorprende, pero entrelaza sus brazos alrededor del cuello de él y responde con emoción a ese beso que le quema y le recorre el cuerpo. Se miran con algo de incredulidad por el hecho producido.
—Sentí necesidad de besarte, de decirte que tus ojos me hechizaron y que
el calor de estas hogueras me impulsan a decirte, sin equivocarme, que te amo. Decirte que esperaré el tiempo necesario para que volvamos a encontrarnos, decirte que te tengo desde este momento en mi corazón para siempre—. Ella sonrío tímidamente primero y luego, una carcajada salió de su boca.
—No puedo creerte, recién nos conocemos
—Sí, es cierto, pero algo mágico despide esta candelada y me hace comprender que me enamoré perdidamente de esta maravillosa mujercita que esta noche tan especial y brillante ha puesto en mi camino
—Ella lo mira con ternura y le acaricia el rostro suavemente.
—Dejemos que el tiempo decida, no olvidemos que la distancia que nos separa es mucha.
—Es cierto, pero estoy seguro que no podré olvidarte y que la lejanía acrecentará mi amor.
Volvieron a besarse apasionadamente en esa fascinante noche, donde las hogueras que sirven para purificar y dar más fuerza y energía al sol, les transmitían el poder especial del amor.
El amanecer de un nuevo día los ubica en la realidad. Con los zapatos en la mano emprenden el regreso al hotel, después de una maravillosa noche.
El desayuno es casi silencioso. Los ojos claros de los enamorados están velados por las lágrimas y una sombra de tristeza se ve dibujada en sus rostros.
—¿Cuándo podremos volver a encontrarnos?—pregunta él con voz temblorosa.
—No lo sé… es imposible poder fijar una fecha. Estamos demasiado lejos.
—Nada es imposible si crees. Mi abuela siempre me dice eso.
—Sí, puede ser, contesta Brisa enjugándose las lágrimas que no puede contener.
Se levantan y tomados de la mano cruzan el hall del hotel. Allí, en un rincón, un gran globo terráqueo destaca entre floreados sillones.
—Vení, dice ella con una tenue sonrisa. Se acercan al adorno y Brisa continua diciendo:
—Hagamos girar el globo, cerremos los ojos y coloquemos un dedo, donde se apoye, en ese lugar nos encontraremos.
Y así lo hicieron. Al abrir los ojos, grande fue su sorpresa al ver el destino: Caribe.
Ríen los dos a la vez y se abrazan llenos de esperanza.
—Le diré a mi abuela que me acompañe, ella tiene recuerdos hermosos de algunas paradisíacas playas. Siempre cuenta que nunca podrá olvidar un viaje en especial, con ese mar turquesa, con la luna marcando un sendero de plata y las blancas arenas hundiéndose bajo sus pies. Además, me gustaría que te conozca, estoy seguro que le vas a encantar, como ella suele decir.
—Muy buena idea Agustín. Tal vez mi abuelo me pueda acompañar. Él en su juventud también disfrutó de muchas playas y sé que el agua cálida le satisface mucho. Cuando le cuente nuestro romance también querrá conocerte, ¡porque es celoso de mí!
—Mi abuela no sé si es celosa, tal vez en algún momento de su vida lo haya sido. Pero de vos, Brisa, no tendrá celos, porque estoy seguro que pensará que sos la novia ideal.
Y diciendo esto, se besan con la fuerza del amor recién nacido, con la rabia de tener que alejarse, mezclando lo salobre de las lágrimas con la dulzura de sus labios.
Cada uno emprende el largo regreso a casa. Dos aviones dándose la espalda, dos jóvenes esperanzados con un nuevo encuentro: 5 de mayo. Casi un año debían esperar.
Durante ese tiempo, sin duda habrá cientos de horas pasadas acariciando un teléfono como si fuera la mano del ser amado, muchos días de risas y también de llantos, pero no morirá el deseo de un nuevo encuentro, deseo que se agigantará en el tiempo y la distancia.
Ambos se duermen con una sonrisa, recordando las promesas, soñando con el mañana.
En ningún momento ninguno preguntó, el nombre de sus abuelos.


Junio, 2016.-



 Felipe Grisolía recibiendo mi premio en la cena.
Diploma otorgado

MI SOL

Mi relato "MI SOL" fue seleccionado en el Concurso "EL  CAMINO DE SANTIAGO" “Caminante no hay camino, se hace c...

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