martes, 27 de noviembre de 2018

DULCE DESPERTAR


Este domingo te invitaré a desayunar afuera.
A un pequeño barcito que hay acá en la esquina.
Buscaremos una mesa  chiquita y apartada
Donde podamos unir nuestras manos y tocar nuestras piernas.
Nos quedaremos un rato más en la cama.
No quiero despertarte ni apartarme de tus brazos.
Quiero sentir mi cuerpo al tuyo pegado
Para que tu fragancia y la mía se unan
 Y  den lugar al perfume más sensual del universo.
Quiero sentir tu pecho sobre el mío y tu respiración sobre mi cuello.
Quiero quedarme allí quietita intentando descifrar este amor ciego.
Mirarte mientras duermes y salpicar tu rostro con besos muy pequeños
Que no molesten ni alteren tu sueño.
Quiero verte como a mi pequeño niño
Acurrucado entre mis brazos y sediento de mi cuerpo.
Quiero estar allí cuando despiertes
 Y tus ojos de miel despidan chispas,
Esas que encienden mi pasión y mi deseo.
Y entonces sentir la caricia de tus manos
 y la humedad de tus labios sobre mi pecho.
Y amarte con pasión y con locura,
abriendo las compuertas de ese dique,
Compuertas que cerré hace tanto tiempo
Pero que tus manos persistentes y tenaces
 van abriendo poco a poco,
Desatando un vendaval de sensaciones.
Y después de tantos besos y caricias,
de recorrer nuestros cuerpos con avidez y con ternura,
Colocarás sobre mi cuerpo esa bata blanca que tanto te gusta.
La dejaré entreabierta para poder apoyar mi desnudez contra la tuya
Y que tus manos acaricien mi piel sedienta,
 sedienta de tus besos y caricias,
Sedienta de tu amor y tu osadía.
Y así, radiante como el sol
Que todas las mañanas me regalas,
Tomaré tu mano entre las mías
Y mientras nos sirven el desayuno de un nuevo domingo,
 Te miraré a los ojos para que puedas ver,
Como mi amor escapa por ellos.


JULIO, 2016.-


DESTINO


“A menudo encontramos nuestro destino por caminos que tomamos para esquivarlo”
JEAN DE LA FONTAINE
(1621-1695)

San Petersburgo, vísperas de Noche Buena 1995.-
La ruta A 145 es muy poco transitada desde que la utopista unió los pueblos cercanos.
    A esa hora, en la carretera desierta, solo se observa un auto detenido en la banquina, con las luces encendidas y el monótono toc-toc del limpiaparabrisas que, como un abanico, desliza los copos de nieve.
     Amanece, el sol apenas tibio, se asoma entre los cúmulos esponjosos que ya
arrojaron  su nívea carga sobre la cinta asfáltica y sobre los campos.
     La primera nevada ha pasado.

Opochka, verano de 1995.-
Andrei conduce su flamante automóvil por la ancha autopista. Está ansioso por llegar a su casa, donde Natasha lo espera con su abultado vientre de luna nueva.
     Su hijita nacerá en pocos días y se llamará Ludmila. Sonríe al pensar en ese ser tibio y pequeño por el que ya siente un amor indescriptible.
     Acelera para acortar kilómetros, pero al pensar en su familia, levanta el pie del acelerador y decide parar en la próxima gasolinera a descansar.  Trabaja para una agencia de seguros y todos los meses tiene que recorrer los trescientos sesenta y seis kilómetros que separan San Petersburgo de Opochka  para cumplir con sus tareas de vendedor y cobrador.
     De paso, aprovecha para realizar el examen médico, ya que su corazón tiene algunos problemas.
     Este mes lo encontraron muy bien, estable y hasta con mejores reacciones a los estímulos. Se siente exultante ya que desea estar en perfectas condiciones para esperar la llegada de la pequeña Ludmila.
     Estaciona en el parador  y baja contorsionando su largo y fibroso cuerpo para
desentumecerlo de las horas pasadas frente al volante.  Mientras se dirige a una pequeña confitería piensa en ese emprendimiento, que de producirse, le cambiará la vida. Pronto serán una familia, necesitan una casa más grande y los gastos se multiplicarán.  Si consigue montar su pequeña empresa de venta de artículos para artes marciales,  más el trabajo en la aseguradora, se sentirá tranquilo y satisfecho. Pero aún no ha podido cerrar trato ni con China, ni con Japón y menos con Taiwán.
     Se sienta frente a la barra, con un refresco entre sus manos cuando el ring del celular lo saca de su ensimismamiento.
     —Hola —contesta.
     —Amigo, ¿ya estás de regreso? —se escucha del otro lado de la línea.
     —No, aún debo manejar varios kilómetros más, ¿qué pasa?
     —No puedo esperar a verte, la noticia que te tengo supera todas las expectativas.
     —¿En serio? — pregunta Andrei mientras esboza una sonrisa y una chispa
luminosa aparece en sus ojos. ¿No me digas que salió lo de la importación?
     —Sí — contesta su amigo— y del lugar que menos lo imaginas: Australia.
     —¿Australia? Nunca lo hubiera pensado…
     —¿Contento?— Bueno, cuando regreses hablamos en detalle. Conduce con
prudencia.
     —Sí, claro, lo haré.
     Andrei apura su bebida y con indisimulada alegría sale de la confitería, moviendo los brazos como aspas de molino y agitando sus pies para estirarlos. Al dirigirse a su auto ve un carromato viejo, con un pizarrón colgando, donde se lee con esfuerzo, ya que la escritura está borroneada, tiene tiempo de haber sido escrita y varias lluvias y nieves lo han descolorido, haciéndolo casi ilegible.
     “Будущее в ваших руках. Не позволяйте ему пройти. Иаков показывает все
ваши вопросы”
     “El futuro está en tus manos, no lo dejes pasar. Jacob devela todas tus preguntas”  
  Andrei mira al hombre sentado allí, casi tan viejo como su carromato.
     —No creo en esas cosas viejo, son puro cuento.
     —No es así jovencito, para Jacob el futuro no es misterio. ¿Quieres probar?
     —No gracias, estas cosas son cuentos chinos.
     —Prueba y verás, te cobraré la mitad, solo diez rublos.
     A Andrei le parece divertido, será algo para contar y reírse esa noche con
Natasha.
     Entran a la casilla rodante y se sientan frente a frente, separados por una pequeña mesa. Jacob lo toma de las manos y sus profundos ojos azules se clavan en la picaresca y burlona mirada de Andrei.
     —Y bien amigo, ¿qué quieres saber?
     —Cualquier cosa, lo que me depara la vida.
     El viejo cerró los ojos y al momento sonrió.
     —La vida te dará una hermosa niña que nacerá el 8 de octubre y se llamará Ludmila, además, acabas de cerrar un importante negocio, nada menos que con Australia.
     A Andrei se le borró la socarrona sonrisa, separó bruscamente sus manos de las del viejo y le espetó de mal modo:
     —¿Cómo sabes esas cosas? Ni yo sé cuándo nacerá mi hija y lo de Australia… sin duda  escuchaste mi conversación.
     —Para nada jovencito, Jacob todo lo sabe, te dije que soy vidente y no un charlatán. De generación en generación hemos adquirido ese don y me gusta sorprender a las personas.
     El joven deja de lado su ira y comienza a interesarse con la conversación del vidente.
     —Cuéntame qué más ves viejo, dime cómo serán mis siguientes años.
     —Eso tiene otro precio— contesta maliciosamente Jacob.
     —Aquí tienes, es más de lo que ganas en un mes con tus adivinaciones —  le dice Andrei mientras arroja sobre la mesa varios billetes de diez rublos.
     Jacob se sienta, toma nuevamente las manos del ansioso muchacho y por unos instantes permanece inmóvil y en silencio.
     De pronto, sus ojos se abren desmesuradamente y su cuerpo es presa de fuertes convulsiones. Suelta las manos de Andrei y cae pesadamente al suelo.
     —¿Qué ocurre viejo? ¿Te haces el desmayado para no decir nada y quedarte con mi dinero?
     —Vete, vete, susurra el anciano tratando de ponerse de pie.
     —¿Así es como robas a tus clientes, anciano chiflado, adivino mentiroso?
     —Toma tu dinero y vete rápido —dice Jacob con un hilo de voz.
     Andrei toma los billetes y dando un empujón al aturdido hombre, se dirige a su auto con fastidio, tomando nuevamente la carretera que poco después lo dejará en su hogar.
     Natasha lo espera con una sabrosa  y aromática cena, buen vino y románticas velas para celebrar la ocasión. El negocio se había concretado y debían brindar por el éxito del mismo. En la sobremesa Andrei le cuenta su encuentro con el adivino y ambos ríen de la ocurrencia y de cómo engañan a las personas con comentarios casuales o escuchados de antemano.
     Los días pasan raudamente y un 8 de octubre nace la pequeña Ludmila. Andrei está tan emocionado que toma con su teléfono la primera foto y el primer llanto de su primogénita.
     Una vez que la emoción pasa, recuerda que Jacob le había dado la fecha precisa del nacimiento.
     —¡Qué casualidad! —piensa, y recuerda también las convulsiones y el cambio de actitud del anciano. Decide volver a visitarlo en su próximo viaje para contarle de su acierto, y así lo hace. Jacob palidece al verlo y quiere encerrarse en su remolque, pero Andrei es más ligero y entra junto a él. Amenaza al anciano con sus fuertes puño, para que le diga qué vio en aquella oportunidad que lo perturbó hasta el punto de desvanecerse, lo sacude con fuerza  hasta que el buen hombre confiesa:
     —“Lamento decirte querido amigo que solo verás nevar una vez más, será la última nevada, la muerte te espera”.
     Andrei lanza una estridente carcajada, arroja a Jacob contra la pared y lo llena de insultos por tan patética profesía.
     Mientras su automóvil se dirige a toda velocidad hacia la carretera, Jacob, con los ojos inundados de lágrimas, dice para sus adentros:
“Извините друг, каким-либо образом вы идете изменить пункт назначения”
     —“Lo siento amigo, ningún camino que tomes cambiará tu destino”.

     Andrei es un hombre de bien, pero su juventud tiene algunas páginas negras.
     Distribuía droga junto a un amigo en algunos barrios de los suburbios de San
 Petersburgo. Una fatídica noche los detuvieron, él pudo quedar libre pero su amigo fue a la cárcel por más de diez años. Iván siempre pensó que Andrei lo había delatado y mientras vivía o sobrevivía en esa inmunda jaula, rumiaba su venganza.
     Al salir en libertad, llamó a su “compinche”, este juró por lo más sagrado que no lo había “vendido”, pero su otrora amigo no le creyó.
 La actitud de Iván ponía a Andrei de mal humor y le producía mucha intranquilidad. Tenía terribles pesadillas donde se veía tirado sobre un gran charco de sangre. Despertaba sudoroso y comenzó a volverse paranoico con esa idea.
Empezó a descuidar su trabajo, su aspecto personal dejaba bastante que desear, las discusiones con su esposa eran permanentes y también lo obsesionaba la revelación de Jacob, en la cual pensaba muy a menudo. Lo que en un principio le pareció un chiste de mal gusto, pasó a ser una obsesión que lo devoraba y no lo dejaba vivir en paz.
   Para terror de Andrei, el invierno se instaló en la ciudad y una mañana al asomarse a la ventana, vio como caían pausadamente los copos de nieve, de la primera nevada. Como loco, cerró todas las cortinas, llamó a su médico, quien lo encontró mejor que nunca, su ritmo sinusal era óptimo. Respiró aliviado, no moriría de un infarto.
     Entonces recordó a su amigo, el ex convicto, y se le erizó la piel.
     Se paseaba sin descanso por la oscura habitación, su mente afiebrada alucinaba con la muerte. Debía sacarse de la cabeza la única posibilidad que tenía de morir, ya que su salud era inmejorable.
     Llamó a su ex compañero y con voz agitada volvió a repetirle lo de siempre: “yo no he sido, yo no te delaté, yo no di  tu nombre”.
     —Ven a decírmelo de frente, solo mirándote a los ojos podré creerte —le dijo Iván.
     —Iré, iré, no soporto más esta situación, quiero vivir tranquilo, disfrutar la vida cada día, dormir sin sueños desagradables, ser feliz. Dime dónde podemos encontrarnos.
     —En la vieja estación de tren a las 8 p.m. Trae una botella de vodka para celebrar el encuentro.
     —Allí estaré.
      Colgó el auricular y como un espectro siguió deambulando por la habitación en penumbras. Al acercarse la hora, miró por una hendija de la ventana y vio que la nevada había cesado.
     —Sigo vivo, viejo— pensó mientras recordaba las palabras de Jacob.
     Como un sonámbulo se puso su sobretodo y su gorro de piel y salió al frío día que ya terminaba. Algunos copos aislados, traídos por el viento, adornaron el oscuro abrigo y anidaron  en los suaves pliegues de la piel de su gorro. No tuvo miedo, era solo nieve levantada  por el viento, la tormenta había pasado.
     Tomó su auto y se dirigió como un demente a la estación. Entró por la chirriante puerta y en la penumbra divisó la silueta de Iván. Se acercó a él con el corazón galopando, Iván lo tomó por los hombros y lo abrazó fuertemente, mientras incontenibles sollozos escapaban de su garganta. Un vaho de alcohol y tabaco hizo tambalear a Andrei. Ambos se sentaron en viejos tambores abandonados, se gritaron, se acusaron, se abrazaron, se perdonaron.
     Cuando Andrei se disponía a irse, Iván lo tomó del brazo y apretándolo con fuerza le dijo:
     —Te contaré una historia antes de que te vayas. En la cárcel un prisionero, robó el arma del guardia y colocando su cabeza junto a la de su carcelario, se disparó un tiro que entró por su sien y salió por la sien del guardia. Fue escalofriante.
     Andrei sintió que se desmayaba, sabía lo que su amigo estaba por hacer.
     —“Mi hora ha llegado, al final el viejo Jacob no es tan mentiroso, no veré otra nevada”, pensó  mientras sus piernas se aflojaban
     Bruscamente Iván apoyó su cabeza junto a la de Andrei y disparó. El sonido del tiró repercutió en el silencio de la noche, haciendo eco entre las derruídas paredes de la vieja estación.
     Ambos cayeron al suelo y una mancha oscura comenzó a teñir la nieve que se había filtrado por las hendiduras del techo, como si una mano invisible pintara sobre un
 lienzo. Al cabo de unos minutos, el cuerpo aterido de miedo de Andrei comenzó a moverse y a desprenderse de ese cuerpo inerte que olía a vodka y que humedecía con su sangre sus manos y su rostro.
     El tiro entró pero se alojó en el maxilar de Iván. Andrei, presa del pánico, no daba crédito a lo que veía. Se puso de pie y tocándose de la cabeza a los pies comenzó a reír con fuertes carcajadas que sonaban a miedo, a histeria, a desesperación.
     —¡Estoy vivo, estoy vivo estúpido Jacob! ¡La vida me sonríe, la muerte ha quedado lejos! ¡Siempre pensé que eras un mentiroso pero reconozco que me hiciste pasar días de angustia! Iré a verte, pensarás que soy un fantasma, jaja.
     Con una gran sonrisa, caminó tambaleante hacia el herrumbroso portón. Una luna brillante lo encegueció y la nieve escarchada crujió bajo sus pies. La tormenta había pasado. La primera nevada ya era historia y él vería muchas más.
     Pensó en su dulce esposa Natasha que pronto se levantaría a hornear la comida de Navidad, en su pequeña hijita y en ese luminoso árbol que armarían juntos y que en unas horas brillaría a la luz de los leños encendidos junto a una mesa rodeada de alegría y felicidad. Encendió el auto, prendió la radio y la calefacción y se encaminó hacia la calidez de su hogar.
     A esa hora la autopista estaba cerrada, las máquinas barredoras limpiaban la nieve acumulada para evitar accidentes. Andrei tomó la vieja ruta, mejor—pensó—, a esta hora ni un alma la transita.

     Amanece, una niebla espesa restringe casi a cero la visibilidad.
     El auto en la banquina aún tiene las luces encendidas, el toc toc del limpiaparabrisas es más suave y lento, la radio encendida transmite las últimas noticias:
     “La primera nevada se ha cobrado su primera víctima. Un camión perdió el control sobre el pavimento helado y chocó contra un automovilista que circulaba en sentido contrario, el cual murió en el acto”
     En el bolsillo del conductor fallecido comienza a sonar un celular con el sonido del llanto de Ludmila.
     A cientos de kilómetros de distancia, un anciano sale de su carromato a la fría mañana. Un travieso copo de nieve se adhiere a su mejilla, se funde y se transforma en lágrima.







EL FARO


Mi humilde homenaje, al Faro San Jorge, que acompañó parte de mi vida.




“La oscuridad reina a los pies del faro”
(Proverbio japonés)



Este relato, fiel a muchos años de mi existencia, lo dedico con cariño a todos mis familiares y amigos que habitan y/o habitaron nuestra lejana Patagonia, porque sin duda, este faro, nuestro faro, los habrá acompañado y acompañará en muchos momentos de la vida.
A mis amigas no patagónicas Anaí y María, que me estimulan, guían y alumbran como el faro.-

APAGUÉ LA LUZ… oscuridad, silencio, paz.
     Acomodé la cabeza sobre la almohada, sentí el peso de mi cuerpo aplanarse sobre el colchón y una increíble sensación de bienestar se apoderó de todo mi ser. Me sentí liviana, integrada al negro espacio, sin peso, sin sombra, disfrutando de esa quietud, de esa oscuridad tan anhelada, porque cuando la luz se apaga, se encienden los recuerdos y entonces la mente divaga.
Las pupilas al dilatarse comenzaron a distinguir algunos resplandores y fue entonces cuando divisé una tenue luz amarillenta que se filtraba por las hendijas de la persiana. Era una luz suave, intermitente, que encendió en mi mente recuerdos dormidos, recuerdos de infancia, olores salobres de mar y de viento.
Entrecerré los ojos y en la quietud de la noche me pareció escuchar el característico sonido de aquella máquina que pasaba películas en mi niñez. Y de pronto, como si de una película se tratara, me encontré en mi barrio, Km 8, en una casita muy alejada de las demás: la mía, la de mis padres, la que guarda páginas importantes de mi vida.
Estaba separada del resto, muy solitaria, por lo que llegar hasta allí significaba recorrer un largo camino, avanzando encorvada para que el viento, que soplaba sin prisa pero sin pausa, no me derribara.
La arenisca que volaba golpeaba las piernas, el rostro… ardía… dolía, y el camino parecía cada vez más largo.
Cuántos días y cuántas noches transité ese camino que es un trozo de mi historia de niñez y adolescencia. Cuántos vientos me azotaron, cuántos miedos me asaltaron, cuántos pensamientos, cuántas risas, cuántas lágrimas se escurrieron entre los pedruscos, entre las secas matas, entre las pequeñas dunas.
Pero en la oscuridad de las noches, cuando el viento helado hacía correr lágrimas por mis mejillas, siempre tuve un fiel compañero, que me alentaba a seguir, a llegar a la calidez del hogar. Tímido y distante, con un solo guiño acompañaba mis pasos y su luz se agrandaba al acercarme al destino. Testigo mudo de mis charlas solitarias, confidente leal de mis secretos, fue esa luz que alumbró mi camino y que con el correr de los años se convirtió en un increíble y gran amigo.
¿Qué hubieran sido sin vos mis largas caminatas? ¿Qué hubiera sido de mí en esas soledades desiertas? ¡Cuán largo hubiera sido el camino sin tu luz que me acompañaba!
Y en las noches de insomnio cuando todos dormían, me acurrucaba en una silla frente a la ventana y te contaba mis ansias y te entregaba mis lágrimas y como un hada buena sentía tu luz bañar mi rostro y mitigar mis penas.
Pero también hubo días en que te entregué mil risas, en que te conté alegrías y estiré mis brazos para estrechar tu luz en un apretado abrazo.
Cuántas pasiones y cuántas aventuras encerrará tu luminosa mente, cuántas lágrimas y sonrisas habrá iluminado tu corazón valiente. Porque siempre estas enhiesto y presente y jamás dejas de alumbrar el alma de los caminantes, de los trasnochados, de los aventureros, de los amantes.
En el silencio de la noche, en la penumbra de la habitación, sentía lejano el rugir del mar e imaginaba las fuertes olas de crestas blancas y espumosas golpear con fuerza el acantilado donde, siempre atento soportas los embates del agua y del viento.
Allí, a los pies del gigante, donde la oscuridad reina, se desatan volcanes de espuma y sonidos que quiebran el silencio de un pueblo dormido y, en lo alto tu luz sigue girando, implacable,  alumbrando al solitario, al navegante, al bohemio errante.

Hoy estoy muy lejos pero tu recuerdo es una nostalgia y cuando te veo recortado en un azul cielo, siempre atento, siempre esbelto, tu imagen me trae infinidad de recuerdos.
Gracias faro de mi infancia por ser mi compañero, por darme valor y por no abandonarme nunca en ese solitario camino.Gracias por ser parte de mi vida, por ser ese incondicional amigo que trae resplandor, esperanza y compañía.
La oscuridad de la noche me trajo este recuerdo tan querido porque en la negrura de los cielos comodorenses, él era mi guía, mi luz en el camino.
---------

El fuerte sonido de una motocicleta rompe en girones el silencio de la noche y con un estremecimiento desvanece los recuerdos y con ellos tu luz fulgurante y tu silenciosa figura.
En la oscuridad del cuarto, en la calidez del lecho, busco la mano de mi esposo que duerme plácidamente, sin darse cuenta que por un momento me he escapado en el tiempo, he regresado a la infancia, he percibido emociones y sensaciones arrinconadas pero nunca olvidadas, sin advertir que esa luz que se filtra tenue por la ventana e ilumina su tranquilo descanso, es la luz de mi faro, es la luz de una vida que se quedó en el tiempo y que vuelve como un travieso fantasma.
Así surgen los recuerdos, así nos llenan de nostalgia y de alegría, porque ellos, los recuerdos, son duendes que silenciosos aparecen cuando LA LUZ SE APAGA.








AUSTRIA INCOMPARABLE


Y el verano se fue…
Y escondió entre el follaje del bosque tupido sus últimos rayos de sol.
Y ese sol tímido y perezoso pintó un cuadro de colores brillantes, de amarillos pálidos y rojos intensos, de ocres y azules verdosos.
Como lágrimas, la fina llovizna se posa en las verdes colinas que parecen alfombras, que dibujan valles y ondean al viento sus mil tonos de verde.
Y salpicando lomadas y llanos, las alegres casitas de colores claros nos regalan un paisaje de ensueño.
Con sus ventanitas con cortinas de encaje, con senderos bordeados de multicolores flores y con ese humo lento y espeso que sale a bocanadas de sus chimeneas.
Y el invierno avanza y cuelga las nubes, muy blancas, de las rojas tejas, de los verdes pinos, de la esbelta aguja de tantas Iglesias.
Y se torna mágico, irreal, supremo, ese paisaje que Austria regala.
En cada recodo del sinuoso camino un OH!!! se escapa, porque la belleza que a nuestros ojos se presenta, no puede contarse, no puede explicarse, no hay fotografía que pueda mostrar tanta perfección, tanta maravilla.
Parece que Dios en estos lugares, pintó su mejor cuadro y tiró la paleta, se inspiró y nos dejó lo más perfecto de la naturaleza.
Arroyos que corren entre milenarios bosques, con saltos de agua, con espuma blanca, entre el empedrado que traba su marcha.
Arroyos cristalinos de límpidas aguas, que danzan y emanan notas musicales, que suenan alegres,  y nos dejan una gran melancolía en el alma.
Y asoman altivos los viejos Castillos, centinelas mudos, custodios eternos, envolviendo sus muros con el verde fragante del  boscoso follaje  y jugando escondidas con las blondas nubes  que traviesas pasan entre sus torreones.
Y el invierno llega….
Y muy pronto el traje de distintos verdes, ese que regala cada  primavera, ese con que viste montes y laderas,  cambiará de tono y se vestirá de fiesta. De fiesta de invierno, con ramas plateadas, con hojas heladas y con mil lentejuelas que brillarán orgullosas cundo la redonda y blanca  luna derrame su luz en el majestuoso bosque.
Austria tan pequeña, tan incomparable y bella.
Gracias por regalarme tanta magnificencia, gracias por llenarme los ojos de lágrimas ante tanta belleza.
Austria de mis ancestros, de mis cuentos de hadas, de anécdotas de trineos que mi padre contaba.


Hoy en la lejanía, junto a mis seres queridos, rememoro los momentos en que con Elizabeth y Alois recorríamos caminos que me cortaban el aliento.
Alois, enciclopedia abierta, conocedor de historia, nos enriqueció la mente y nos abrió un mundo de maravillas. Elisabeth, tan dulce, compañera inigualable, que adivinaba lugares que me sabían a gloria, restaurantes pequeñitos engalanados de encaje, senderos maravillosos, Iglesias esplendorosas, un viaje inolvidable.
AUSTRIA; de mi padre, cuna de nacimiento, postal de cuatro estaciones, mi lugar en el mundo. 

NO ME DES NUNCA LA ESPALDA


No me des la espalda como aquella vez
Cuando te llevaste en tu boca  de mis labios la piel,
Cuando me dejaste como huérfana sin nido,
Desnuda, sin protección ni abrigo.
No me des la espalda nuevamente
 porque quiero siempre cerrar los ojos y verte de frente
Porque necesito tu mirada  posada en el hueco de mi cuello
Y  saber que están tus manos abiertas
Para impedir que me caiga.
No me des nunca la espalda
Porque me recuerda el día en que te vi irte en silencio
Y seguí tu figura hasta que se perdió en un horizonte incierto.
Yo pensé que volverías… qué increíbles son los sueños!!!
No quiero verte de espaldas
 aunque entre nosotros exista el  tiempo y la distancia,
Porque me recuerda al día en que aquel mar que rugía
 Se llevó a sus profundidades
Todo ese  amor que recién nacía.
Porque ese día sentí…
 Que yo también te daba la espalda.
No me des nunca la espalda
Como hace unos días
En que no quise darme vuelta
Para no revivir la historia
De aquel amor de primavera.
Déjame ir primero
Sentir el calor de tu mirada sobre mi cuerpo
Y saber que estás allí, de frente y para siempre.
Aunque la verdad sea una silueta
Dibujada en la oscuridad de una noche de insomnio,
No me des nunca la espalda, por favor… te lo ruego.




lunes, 26 de noviembre de 2018

CIEN DÍAS






MICRORRELATO SELECCIONADO POR DIVERSIDAD LITERARIA PARA INTEGRAR EL LIBRO PORCIONES DEL ALMA


¿Qué son cien días en la vida? ¿Son pocos, son muchos, son todo? Tengo cien días que son cien soles, apretados como un ramillete inmarcesible. Cien soles que sin pensar en el mañana, reviven y se nutren de pasado y de presente. Agradezco el regalo de esos soles que alumbran mis mañanas y adoro a quien con tanto amor le ha dado cien días de luz y calor a mi vida, a mi corazón y a mi alma.





ESTA NOCHE






MICRORRELATO ELEGIDO PARA INTEGRAR  EL LIBRO II VERSOS DESDE EL CORAZÓN


Espero ansiosa la llegada de la noche, precisamente de esta noche, donde mi corazón latirá al ritmo del guiño de las estrellas, donde mi alma se estremecerá al besar tus cabellos y tu boca amada. Esta noche, que deseo sea  interminable para poder ofrecerte todo lo que deseas, todo lo que quiero, todo lo  que durante el día domina la razón y la magia de la noche libera e ilumina.

Espero ansiosa la llegada de la noche, precisamente de esta noche, donde mi corazón latirá al ritmo del guiño de las estrellas, donde mi alma se estremecerá al besar tus cabellos y tu boca amada. Esta noche, que deseo sea  interminable para poder ofrecerte todo lo que deseas, todo lo que quiero, todo lo  que durante el día domina la razón y la magia de la noche libera e ilumina.


DULCE DESPERTAR

Este domingo te invitaré a desayunar afuera. A un pequeño barcito que hay acá en la esquina. Buscaremos una mesa   chiquita y apartada...

Entradas más vistas