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martes, 21 de febrero de 2023

 NOCHE DE INSOMNIO

Tengo la boca amordazada
para evitar que broten palabras
prohibidas y apasionadas.
Tengo las manos atadas
para que no se posen en tu rostro
y acaricien tus mejillas.
Para que no dibujen el contorno de tus cejas,
no acaricien tus párpados cerrados
y no se quemen con el ardor de tu piel.
Tengo el cuerpo encorsetado
con un chaleco de fuerza
para evitar que mi pecho
con su movimiento delate
todo este sentimiento
que debe ser ocultado.
Pero cuando la mordaza caiga
gritaré a los cuatro vientos,
este amor que me asfixia, me atraganta.
Y cuando mis manos liberadas sean
de las cadenas crueles que las sujetan,
te acariciaré con vehemencia
y recorreré tu cuerpo
con la suavidad de la seda,
arrancando de tu boca
esos gemidos ahogados,
que por prohibidos,
no pueden ser liberados.
Y entonces, mi cuerpo,
exento ya de ataduras
se contorsionará ante el deseo
y sentiré tu boca
beber de mis labios los besos
que han anidado en el tiempo.
L.S.E.
OCTUBRE, 2022.-






miércoles, 7 de noviembre de 2018

¿SUEÑO O REALIDAD?



Despertó más temprano que de costumbre. El cuerpo entumecido, dolorido. Pasó sus dedos sobre los labios y notó que ciertamente estaban hinchados, lastimados.
¿Había dormido mal o ese sueño que parecía tan real la había afectado?
Se encaminó hacia la ducha, su camisón de satén resbaló suavemente sobre su cuerpo y cayó a sus pies, dejando al desnudo su cuerpo armonioso y aún joven.
Se introdujo bajo el agua caliente y una sensación de plenitud la recorrió.

Salió del trabajo apurada, deseaba pasar a comprar un libro que le habían recomendado pero que sabía estaba casi agotado. Ya en la librería hurgaba los anaqueles en busca del preciado tesoro cuando sintió una fuerte punzada en la nuca. Quedó inmóvil, casi sin aliento.  Después de unos segundos giró la cabeza y se encontró de frente con unos penetrantes ojos que no dejaban de mirarla. Sus miradas se cruzaron y un relámpago cruzó  entre ellos. Mayra  se estremeció y viró nuevamente en búsqueda del libro.
Pero ya no podía concentrarse, esa mirada la había paralizado, había adormecido sus sentidos. Nunca había sentido nada igual. Se volvió para encontrarlo, pero ya no estaba.
Regresó a la calle como una autómata, no podía dejar de pensar en esos ojos, en esa sonrisa, en la carnosidad de esa boca que encendía el deseo. Un deseo que en ella había desaparecido hacía tiempo o tal vez, nunca había existido.
La noche se había instalado y una luna radiante brillaba con todo su esplendor. El parque, ya casi dormido a esa hora, dejaba jugar  los rayos entre el nuevo follaje de la incipiente primavera. El césped aún  tenía un colchón de ocres y doradas hojas y los jazmines desplegaban su penétrate aroma.
Se distrajo ante el silencio y la noche estrellada y sintió que su cuerpo se relajaba.
De pronto, sentado en un banco de esa hermosa plaza, lo vio. En la penumbra sintió su mirada y esa cautivante sonrisa en su cara.
No sabía si detener el paso o apresurarse. Él se levantó y salió a su encuentro. Sin mediar palabras, abrazó su cintura y buscó su boca que se abrió como una rosa en busca de rocío. Sus cuerpos se apretaron y el beso parecía no tener final.
Suavemente y sin dejar el hueco de su boca, Mauricio la condujo bajo un sauce, cuyas  ramas que caían hasta el suelo, se asemejaban a una  sutil y volátil cortina.
Ambos se dejaron caer sobre el colchón de hojas otoñales sin dejar que sus bocas se separaran.
La cabeza de ella bullía, sus pensamientos zumbaban como si tuviera un panal de abejas.
Tenía sentimientos contradictorios que la envolvían como una crisálida pero el aroma que emanaba de él la embriagaba, sometía su razón y deseaba que  sus brazos no la soltaran para poder seguir sumergida en ese cálido abrazo.
Mauricio desprendió con lentitud los botones de su blusa dejando al descubierto una piel blanca y unos desbordantes senos. Las manos febriles de él comenzaron a recorrerla, a acariciar cada curva de su cuerpo, un cuerpo que lo volvía loco.
Ella se abandonó a las caricias de esas manos tibias, fuertes y suaves que la transportaban a un paraíso que no conocía.
Él quitó el sostén y sus cuerpos ardientes se fundieron. La luna hizo camino entre la redondez de sus pechos, se deslizó sobre el vientre agitado y descendió hasta la humedad que brillaba entre sus muslos.
Los gemidos entrecortados de Mayra y las palabras  de amor de Mauricio se perdieron entre el ulular del viento.
La boca de él se llenó del néctar de unos pezones que clamaban caricias y el interior de ella sintió un torrente caliente que la invadía, provocándole el espasmo más hermoso de su vida.
La respiración se fue aquietando, las manos sin dejar de acariciar, perdieron fuerza, las bocas se despegaron. Solo sus ojos quedaron unidos en una mirada, en preguntas que no tenían respuesta.
Se abrazaron en silencio, se besaron tiernamente y entrelazaron sus piernas, sintieron el contacto suave de sus vientres y la laxitud de esas dos entidades que se entregaron al amor, con deseo, sin pudor.
La luna traviesa se escondió mientras cubrían sus cuerpos .Él le arreglaba el cabello, quitando algunas hojas secas, ella acariciaba su rostro y lo observaba fijamente, como no queriendo olvidar nada.
—Me llamo Mayra, dijo  sin dejar de mirarlo y soy casada.
—Soy Mauricio, no me importa tu estado, yo también soy casado, pero hacía tiempo te esperaba.
—¿Me esperabas? ¿Alguna vez nos habíamos visto?
—No, nunca, pero sabía que existías y que el día que te encontrara serías por siempre mía.
—¡Qué locura! No entiendo cómo pude hacer esto. No soy una cualquiera.
—Por supuesto que no, vos inconscientemente me estabas esperando. El temblor de tus labios  no delataba temor sino deseo. Tu orgasmo me hizo sentir que me necesitabas, que hacía tiempo no gozabas de esta manera.
—Sí, es cierto, dijo Mayra ruborizándose. Pero me siento aturdida. Nunca pensé que me ocurriría algo así.
—Es tarde y me esperan.
— A mí también.
—Volveremos a encontrarnos, soy tan tuyo como vos mía, volveremos y haremos del amor una eterna epifanía.
Y sin más palabas se besaron nuevamente. Las manos de él se introdujeron bajo su blusa y acariciaron sus senos ocasionando en ella un suave gemido.
Tomaron caminos diferentes, pero la luna los acompañó a ambos.
—Llegás tarde, le dijo su marido  cuando abrió la puerta. Estaba preocupado. No me gusta que cruces ese parque sola a estas horas.
—Uy, ¡Qué miedo¡, respondió Mayra con sorna. A ver si me come el lobo.
—Nunca falta algún depravado.
—O algún loco de amor, dijo ella sonriendo.
Miró a su marido a los ojos, como pensaba no podría hacerlo. Pero pudo y no sintió remordimiento.
Ese momento, ese sublime acto de amor, sería su mayor secreto y su gran felicidad. Nunca nadie la había hecho sentir así. Se sintió mujer por primera vez. Se sintió amada y deseada como nunca lo había sido.

El agua se desliza por su cara y recorre cada centímetro de su piel. Pasa las manos por sus pechos, por sus muslos, por su boca.
-¡Qué sueño maravilloso¡ ¡parecía real!
Y sonríe mientras su cuerpo experimenta el placer de ese goce inesperado
—¡Ojalá volviera a soñar así! Nunca me había sentido mejor. ¡ Y era tan lindo!
Al salir de la ducha se encamina al dormitorio. Se sorprende al ver sobre la almohada unos pedacitos rotos de hojas ocres y doradas.



SOLO UNA VEZ



Meses programando el Crucero. Pero al fin el día había llegado.
En pocas horas  ella y su marido partirían a bordo de esa enorme y lujosa  ciudad flotante para disfrutar una semana de lugares exóticos, de buena comida, de escuchar música y de disfrutar la brisa marina desde el cómodo balcón del camarote.
—¿Cómo me veo?— le preguntó Silvana a su esposo, terminando de arreglarse para la primera cena a bordo.
—Él no era muy expresivo, pero la miró de arriba abajo y comentó:
— Ese vestido blanco y negro te hace más delgada.
—  Ah, bueno, contestó ella, ¡con eso me querés decir que estoy gorda!
—Gorda no, rellenita. Vamos, apurate que es la hora
Salieron al pasillo alfombrado con tonos caribeños y abordaron el lustroso, casi espejado ascensor hasta el salón comedor.
El mozo, de una increíble simpatía, les comentó que estarían sentados con otras personas de habla hispana, lo que produjo un suspiro de alivio en Silvana.
—No hay nada más horrible que una cena compartida donde no se pueda hablar el mismo idioma, había comentado Silvana minutos antes
Se sentaron y se presentaron a los que allí estaban, un matrimonio español y otro mexicano. Faltaban dos personas más.
Mientras miraban el menú, ella vio por el rabillo del ojo a un hombre que caminaba de una forma especial, de una forma como nadie, un caminar que ella nunca había olvidado.
El corazón le dio un vuelco, levantó la vista y sus ojos se encontraron.
Primero estupor, incredulidad, después asombro y nerviosismo.  Con torpeza indisimulada, él corrió la silla para que su acompañante se entra, se presentaron, Sr… y  mi esposa….
Silvina parecía un flan, temblaba  sin poder detener ese movimiento. Le temblaban los labios y las manos eran incapaces de sostener la copa.
Cruzaron unas miradas de interrogación y a medida que todos conversaban, el clima dejó de ser tan tenso.
Al finalizar la cena, todos se despidieron y marcharon a diferentes lugares: al camarote, a escuchar música, a tomar un trago.
Silvana se encaminó al Salón de fumadores y prendió un Marlboro, aún con manos temblorosas.
Levantó la vista y allí, mirando los anaqueles de una bella biblioteca, lo vio, fumando un cigarrillo.
Él se volvió al escuchar los pasos. A distancia prudencial se sonrieron.
—No puedo creer que esto sea cierto.
—Es imposible, después de tantos años. Nunca nos vimos en nuestro país y venimos a encontrarnos aquí.
—No salgo de mi asombro. ¿Cómo estás? ¿qué ha sido de tu vida?
—Bien, pero ¡cuántas cosas hay para preguntar, cuántas cosas para contar! Y asi era imposible.
—¿Te puedo decir algo?
--Claro, decime…
Estás hermosa, bellísima, ese vestido te queda maravilloso.
Ella se ruborizó y sintió aquella punzada que muchos años antes había sentido cuando él la besó.
Gracias, —dijo, mirándolo a los ojos y sintiendo una llamarada dentro de su cuerpo.
A pesar de todo, nunca te olvidé. En todos estos años me preguntaba qué habría sido de vos, siempre te recordé— agregó él con voz entrecortada.
—¿Cómo podemos hacer para poder conversar  largo rato tranquilos? Es algo así como imposible no?
—Mirá dijo ella, mañana la excursión sale a las 8, nosotros tenemos ya todo pago, ¿ustedes también?
—Sí, claro.
Bueno, podemos fingir una descompostura y quedarnos a bordo. Insistir a nuestras parejas que vayan y entonces tenemos unas cinco horas para poder contarnos muchas cosas de la vida.
—Intentémoslo dijo él, pero lo veo difícil.
Se despidieron con una mirada que no necesitaba palabras. Mientras se encaminaba al camarote, Silvana sentía el corazón en la garganta. ¿Sería capaz de fingir una descompostura para encontrarse con un antiguo amor? No, no lo creía posible.
Entró y su esposo ya dormía. Pensó en las palabras gorda, rellenita, hermosa, bella. Todo se mezclaba en su cabeza.
No durmió, el sol naciente sobre el azul horizonte que trazaba el mar, la encontró inmersa en recuerdos, en nostalgias.
Su marido la insitó a levantarse.
—No me siento bien, creo que lo mejor será quedarme.
—¿Qué te pasa? Algo de la comida te cayó mal.
—¿No se te pasará con un digestivo?
—No, no creo, tengo mucho sueño, será mejor quedarme. Pero vos andá tranquilo.
—Ni hablar, me quedo
—No, por favor, no me hagas sentir peor, me viene bien estar sola y dormir varias horas, sin duda después me sentiré mejor.
Después de una breve discusión, Roberto decidió partir.
Al cabo de una media hora, unos golpecitos en la puerta le indicaron que él también se había quedado.
Abrió y allí estaba, con esa sonrisa de niño, de ese niño que tanto había amado. Entró y su boca buscó la de ella con vehemencia, con apuro, con deseo.
Ella se sorprendió primero, pero se entregó a ese beso, beso que una vez había quedado suspendido en el tiempo.
 Las caricias se tornaron desesperadas, los besos casi salvajes.
La ropa resbaló por sus cuerpos y ambos se miraron pensando que la vida les daba la oportunidad de vivir lo que alguna vez por juventud y por prejuicios, no habían vivido.
Se arrojaron sobre la mullida alfombra y las piernas se anudaron con desesperación, mientras las bocas recorrían esos cuerpos que habían perdido lozanía pero no la pasión que algún día se encendió en sus vidas.
Las manos de él acariciaron las curvas de sus senos, sus dedos dibujaron soles sobre las rosadas areolas y ella curvó su espalda buscando más y más ese cuerpo deseado.
La gigantesca nave se balanceaba al unísono de sus cuerpos. Las olas  humedecían con gotas de salado rocío las ventanas del balcón, como sus boca recorrían cada rincón, cada centímetro de esa piel tantas veces soñada.
Los rayos de sol iluminaban la estancia y doraban  aún más esos cuerpos ávidos de pasión y de goce.
El oleaje se tornó bravío, como salvaje la culminación de ese acto prohibido.
Enlazaron sus brazos y las piernas se anudaron a sus cuerpos, gimieron y rodaron por la azulada alfombra, lloraron de pasión, de deseo, se llenaron de esa lujuria no esperada pero por siempre deseada.
Y entonces, la suavidad de sus manos volvió a acariciar ese cuerpo laxo, la humedad de esos labios a deslizarse desde sus cabellos hasta ese vientre que aun palpitaba de amor y de deseo.
Se besaron, con furia y con pasión y se abandonaron a la quietud arrullados por las olas y envueltos en ese aire marino que nunca más desaparecería de sus narinas.
Se miraron, con dulzura, se abrazaron y lloraron. Era la primera vez, pero sabían que seguramente, no habría otra.
Tenían sus vidas, no podían dejarlas, no podían ni debían abandonar lo que habían construido, no podían olvidar sus compromisos.
Se vistieron en silencio, el sol alumbró sus cabellos y los envolvió en un halo dorado, tal vez uniendo para siempre  ese momento idílico.
Se tomaron de la mano y sin palabras se despidieron.
Silvana se recostó mientras el sol se ocultaba  y las primeras sombras comenzaban a invadir la habitación y también su alma.
La puerta se abrió.
— Hola!! Estás mejor? No te imaginas lo que te perdiste, fue una de las mejores excursiones. Saqué muchas fotos, así podés verlo.
—    Qué suerte que fuiste, yo dormí toda la tarde.
—   Sí, te veo relajada y de buen color. Nos bañamos y tomamos algo en el balcón, ¿querés?
—  Sí, por supuesto.
— La noche los envolvió, la luna dibujaba un sendero plateado sobre las calmas aguas cuando se dirigieron a cenar.
—   Estás muy linda, le dijo su marido, pareces otra, te sentó bien el dormir una buena siesta.
—   Silvana sonrió, con una mezcla de vergüenza y tristeza.
— Se sentaron y compartieron la conversación, los chistes y las risas con los compañeros de mesa. Una pareja faltó esa noche a la cena.
— Al día siguiente, Silvana caminaba como entre nubes por la cubierta del navío, buscaba entre los cientos de pasajeros, aquel rostro tan amado. De pronto lo vio, en otra cubierta más arriba, También él buscaba a alguien, pero no se cruzaron.
Al bajar en el puerto, la multitud se agolpaba, pero a lo lejos lo vio detenerse y girar la cabeza.
Sus ojos se encontraron en la lejanía, pero sintieron la calidez de esas miradas.
Lentamente se dio vuelta y se perdió entre la multitud.
Ella sabía que para siempre.





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