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lunes, 26 de noviembre de 2018

¿ÁNGELES O DEMONIOS?


Las sábanas arrugadas, las mantas en el piso. Un girar de un lado al otro sobre la cama, buscando posiciones, apretando los ojos, acomodando la almohada.

Estiró la mano buscando la tecla del reloj que la encandiló con su potente luz rojiza. Las 4 am. Otra noche más de insomnio, otra noche de demonios sueltos.

Contuvo la respiración  y se propuso pensar en otras cosas, en una película, en un viaje, en un libro, pero todo lo relacionaba con él, no había forma de sacarlo de su cabeza, no podía dejar de dar rienda suelta a su imaginación, que la llevaba por corredores prohibidos, que encendía sus pensamientos más apasionados, pero también más puros.

Sentía que los demonios que ella misma creaba se multiplicaban, pero que a pesar de ello la hacían feliz, la hacían sentir viva otra vez. Volvió a pensar en la palabra AMOR, esa que había quedado atrapada en algún vericueto de la vida, volvió a pensar en besos y caricias, a sentirse adolescente esperando un llamado o una carta.

Sus pensamientos eran limpios, sencillos, nada eróticos ni libidinosos, eran casi platónicos, románticos, como a ella le gustaban.

Pero sabía que eran prohibidos para ambos, que todo lo construido no podía destruirse y mucho menos con traiciones. Muchos Ángeles los rodeaban, los cuidaban, los querían, no podían darse el lujo de herirlos o perjudicarlos. Entonces, cuando pensaba en ellos, se enfurecía con esos demonios que  se procreaban en su cerebro.

¿Cómo había comenzado todo aquello? ¿Por qué? Ella, que siempre había mantenido la cordura, que era ejemplo de lealtad y de fidelidad en todos los sentidos, ella, que se apoyaba en una sólida columna de sanas convicciones y principios, había perdido la brújula.

Su dura columna estaba a punto de desmoronarse, debía reaccionar a tiempo, sostenerla y comenzar el arduo trabajo de volver a enderezarla.

¿Dónde estaba esa grieta por donde él se había “colado”? ¿Dónde estaba ese abismo que había producido el quiebre?¿No  sabía o no quería saberlo?

Su vida era buena, todo lo que había logrado la llenaba de orgullo, pero nada en la vida es un lecho de rosas, siempre algo se paga, siempre hay una fisura o un punto débil propicio para que los demonios aniden.

 Todo comenzó ese día, en que por segunda vez en la vida, él le dio la espalda. Entonces esa alegría sana que la invadía por reencontrar al amigo, se tornó en un torrente incontenible de emociones que la desbordaron, se quebró y no encontró fuerte la columna que durante toda su vida había construido. No podía creer  en esos pensamientos que se sucedían, no podía ser ella la que imaginara otra vez esa escena, pero por sobre todo, no podía ser ella la que desesperadamente deseara que se repitiera.

Quería volver  a aquel beso mojado de lágrimas, a besar aquella boca que le había enseñado el secreto de un beso de amor, a revivir aquel beso que el tiempo había secado. ¿Era mucho pedir? Sí, tal vez sí. Llevarlo a cabo era engañar, era traicionar, pero también sabía que engañaba con el pensamiento y sufría por tantos demonios sueltos que alteraban su día a día.

Logró aquietarlos en la penumbra de la noche, dormirlos, y también ella se entregó a ese reparador sueño que tanto necesitaba.

Pero rato más tarde algo la despertó sobresaltada, y sintió lo primeros síntomas de eso que tan bien conocía: un ataque de pánico o Panic atack como solía llamarlo, se estaba gestando.

Sintió ese leve temblor en el cuerpo, la humedad de las manos, los pies helados. Se estiró en la cama y comenzó a respirar lentamente para relajarse, para no asustarse, porque aunque habían sido frecuentes y estaba acostumbrada, la sensación de ahogo la perturbaba siempre.

Un, dos, tres, comenzó a contar mientras se esforzaba en respirar, en llenar sus pulmones de aire, en desacelerar los latidos de su corazón. Y mientras  tanto, mientras el ataque cumplía su proceso, imaginarse en un lugar tranquilo.

Una playa de aguas turquesa y arenas muy blancas, ella con la mirada perdida en un lejano horizonte, observando una bandada de gaviotas que alzaban vuelo salpicando gotas cristalinas sobre su cuerpo. La arena dorada quemaba sus pies descalzos y ese calor se transmitió en la cama a su cuerpo que temblaba de frío. Comenzó a sentir el calor nuevamente, su respiración se iba normalizando.

Un, dos tres, como le habían enseñado en yoga. Mantener la calma, relajarse y dejar que tibios y alegres pensamientos invadan ese momento. Se vio caminando sobre la playa, el sol de frente la cegaba.

Un, dos, tres, ya casi termina esta agonía y podré volver a dormir tranquila. El sol quema sus hombros, se detiene a buscar las gafas, se sienta sobre la arena a buscar caracolas y corales.

De pronto una sombra oculta el sol que la ciega, alguien se agacha a su lado, le toma con fuerza sus brazos hirvientes, la mira con sus ojos profundos y le sonríe con increíble dulzura.

Le toma el rostro entre las manos y suavemente deposita sobre sus labios aquel aletear de mariposas que quedó encerrado en un viejo placar.

Se miran con pudor, pero puede más la vehemencia. Sus bocas se abren al éxtasis de aquel beso, primero suavemente, luego con pasión irrefrenable, con dolor, con  sabor a fruto prohibido.

Se abrazan sobre la ardiente arena, tan ardiente como ellos. Entonces ella recuerda, aquel día, en aquel museo, cuando se imaginó esa escena, pero que aún no tenía rostro.

Se miraron con tristeza y volvieron a sellar sus labios con toda la fuerza de ese volcán cuya erupción ya no se podía detener. Ella colocó su cabeza en el nido de su cuello y sintió el latir de sus venas, la presión de sus dedos sobre su piel desnuda y se abandonó a ese momento, a ese instante que le regalaban sus demonios.

Un, dos, tres, ya está, esta vez parece que duró más. Duró esas veinticuatro horas  que ella deseaba tener con él.

Solos, sin espacio y sin tiempo, sin miradas maliciosas, sin mentiras. Veinticuatro horas para responder mil preguntas, para descifrar el porqué, a esa altura de sus vidas, se habían encontrado y sin querer avanzaban hacia una historia que como él dice, tal vez nunca tuvo final.

Es un deseo utópico, algo que nunca se hará realidad, porque la realidad de ambos es otra, rodeada de Ángeles, lejos de los demonios.

Pero antes de regresar al mundo real, volvió a besar aquella boca hasta sentir la miel, el palpitante temblor de sus labios, el sabor de su sangre. Y entonces se durmió, como también se durmieron esos fantasmas, esos diablillos en su mente. Y soñó con esos maravillosos  Ángeles que la protegen.



AMOR PROHIBIDO




“Eres aquello que no es mío, pero te quiero como si lo fueras, aunque seas prohibido”



Un día cualquiera en cualquier ciudad.

Un museo, como tantos en el mundo, con infinidad de cuadros, de objetos, de esculturas.

     Ella está sentada, en uno de esos tantos bancos que se distribuyen por las salas para que los espectadores se sienten a observar con detenimiento las obras de su interés.

     Inclina la cabeza sobre el hombro, su mano trémula y pausada juega sin conciencia con las hebras de su cabello.

     Tiene la mirada clavada en alguna parte. Pero solo hay un hueco de pared entre dos cuadros en la dirección que ella mira

     Sus ojos claros, casi transparentes están fijos, como si una película pasara ante ellos.

     Tiene esa mirada sin tiempo, que invita a dejar volar la imaginación, a rememorar sentimientos, a bucear en momentos pasados o que vendrán. Su mano  mecánicamente forma un rizo en su cabello e imagino sus pensamientos, esos que la devoran, que la enamoran.

     Aquí adentro, en el claroscuro del lugar, se quita la armadura para dar rienda suelta a su sensibilidad.

      Mirando esa tela, ella sin duda se ve abandonada al amor sobre la dorada arena de una playa, con su brillante melena flotando en la brisa marina y su perfecto rostro recostado dulce y suavemente sobre el pecho fuerte y protector de su amado.

     Desearía que este instante durara para siempre —parece decir, con voz pausada y triste.

     —Que la vida nos llevara abrazados, caminando lento, como el humo que sale de tu boca formando sinuosos senderos.

     Sonríe pensando en su amante, platónico y secreto, ese que la vida le cruzó nuevamente en el camino, aunque sabe que ahora es prohibido.

     Pero ella se aferra a sus sueños de amor y en su imaginación ve desatadas todas las cadenas, todos los silencios que la condenan.

     Sus ojos denotan ráfagas de amor, de pasión, de tristeza.

     Sus pensamientos vuelan hacia esos inolvidables momentos de amor compartidos, en la oscuridad de las noches sin luna o en cualquier lugar propicio para dar rienda suelta a esa voracidad de amar que los quemaba.    

Su boca se entreabre para quedamente susurrar:

     —Amor, aquí me tienes, juntos dominaremos el mundo, y nada se interpondrá entre nosotros. Secaré tus lágrimas, acariciaré tu pelo y llenaré de besos cada línea de tu cuerpo.

     —Seremos como éstas minúsculas partículas de arena, inseparables, cálidas al calor del sol, brillantes bajo la luna.

     Ella se movió en su asiento. Parecía hipnotizada, como si no quisiera salir de ese sueño, de ese letargo, que convertía en posible lo imposible, que la haría vivir libre y feliz como la escena de ese cuadro.  

     Sus ojos estaban velados por lágrimas que se esforzaba en que no se derramaran por sus mejillas.        

     De pronto, su grácil silueta comenzó a pararse y lentamente recorrió el largo pasillo de aquel museo donde los colores y las escenas invitan a soñar e imaginar.

     Desapareció, sutilmente velada por el humo de ese cigarrillo que parecía cobrar vida en la tela del pintor.

     Afuera ella se convertía en esa mujer fuerte que disimulaba la pasión que la devoraba, afuera, ella sin dudas podía pasar frente a su amante acompañado, con la mirada clavada en un horizonte lejano.

    Afuera…ella llevaba armadura…afuera… ella era una guerrera.

AGOSTO 2016.-




AMOR EN LES FESTES DE SANT JOAN



Este relato concursó en  España y tuve el honor de recibir el segundo premio





Muchos años pasaron desde que, con el entusiasmo de la juventud, decidió hacer un largo viaje, que la depositó frente al Mediterráneo, en la bella ciudad de Alicante, para celebrar allí la presentación de un nuevo libro y, festejar las <<Fogueres de Sant Joan>>. En ese lugar, casualmente se enamoró por primera vez de un dulce muchacho de mirada pícara que nunca olvidó. Fue su primer amor, fue el que delicadamente le enseñó a besar, fue el que despertó en ella sensaciones que nunca más experimentó. Pero la magia terminó, las hogueras se apagaron, y aunque ellos no lo supieran, dejaron en ambos una chispa encendida que ni el tiempo ni la distancia pudo apagar.

 Cada uno regresó a su hogar, a su vida de siempre y el tiempo pasó. La nieve de muchos inviernos cubrió sus cabellos y muchos otoños dejaron nervaduras en la antes sedosa y tersa piel.

En las noches de insomnio ella recuerda aquel encuentro y siente aún el temblor en el cuerpo al pensar en esa noche de pasión, con aquel que fue y será por siempre su único amor, aunque ambos hayan tomado caminos diferentes. Tal vez él también la recuerde. Desearía que fuera así.



El avión procedente de Argentina, previa escala, deposita a Brisa en Alicante.

Mientras recorre con el taxi el camino hacia el hotel, no deja de maravillarse con la belleza de ese lugar del que tanto ha escuchado hablar a su abuelo.

El chofer va haciendo las veces de guía turístico:

—A su izquierda señorita, tiene usté el Monte Benacantil donde no podrá dejar de visitar el Castell de Santa Bárbara.

—Maravilloso— contesta Brisa con los verdes ojos iluminados, recorriendo ese monte de aristas irregulares que le trae el recuerdo del color ocre de las mesetas patagónicas, de donde provienen sus ancestros.

—El Castillo es un símbolo de nuestra ciudad, corona la cumbre del monte.

—Ah, sí, cada lugar tiene algo especial. Donde mi abuelo pasó su niñez y adolescencia, en el sur argentino, en una ciudad costera, el ícono es un faro, él siempre lo recuerda con nostalgia. Cuando miro sus ojos, veo pasar por ellos muchos recuerdos y se le humedecen cuando me habla de ellos.

—Viene usté a  presenciar <<Les Festes de Sant Joan>>?

—Sí, sí, contesta Brisa girando la cabeza para admirar el azul profundo y maravilloso del mar.

—Es un espectáculo digno de ver, los alicantinos agradecemos la presencia de los turistas y yo espero que disfrute de una noche mágica. Quién sabe, tal vez entre el calor de las hogueras, la algarabía de la gente, las risas y cantos alegres, encuentre el amor— dijo el sonriente conductor.

—Mmm… estoy entusiasmada con las fiestas, mi abuelo me ha hablado siempre de lo alegres y coloridas que son, pero eso de encontrar el amor… no, no estoy buscando nada y no creo encontrarlo aquí.

—Nunca se sabe niña, el amor se esconde en cada recodo del camino y tal vez brote como una llamarada y se instale en su corazón.

Ambos ríen mientras a su paso desfilan las colinas que contrastan con el azul intenso del Mediterráneo.

 Brisa se hospeda en el hotel y duerme profundamente después de un viaje tan largo.



Casi del otro lado del mundo, Agustín aborda el vuelo que desde Sydney, previas escalas, lo depositará en Alicante. La primera vez que este esbelto muchacho rubio de grandes y profundos ojos claros salió de su ciudad natal, lo hizo en compañía de sus padres y abuela. Viajaron muy lejos, a ese país llamado Argentina, donde tiene parte de sus raíces y de su historia. Esta vez, emprendía un largo viaje, pero lo hacía solo, acompañado por relatos escuchados y entusiasmado por vivir esa experiencia que tantas veces la abuela le había contado.

Esa abuela lo había convencido de que participara de esos festejos espectaculares, que se remontan a tiempos pasados, donde los labradores celebraban el día más largo del año para la recolección de las cosechas y la noche más corta para la destrucción de los males. Así recuerda Agustín las historias escuchadas.

Después de casi un día viajando, llega a su destino, que lo recibe mostrándole sus montes rocosos, sus barrancos, vaguadas y sus ramblas, además de sus maravillosas playas y calas.

—Tiene razón mi abuela—, piensa Agustín mientras el bello paisaje desfila raudamente ante sus ojos, esta tierra es bellísima.

Al llegar al hotel y luego de un reconfortante baño se desploma sobre la cama hasta el siguiente día.



Todo está preparado ese 20 de junio en Alicante. Desde temprano comienza la “plantá”. Cada hoguera está siendo armada, colocada en cada barrio, para que todos puedan verlas y admirarlas antes de la “cremá”. Inmensas, coloridas, llenas de creatividad.

Los turistas y los lugareños sienten un placer especial al ver quemarse los ninots, creen que de alguna manera se desprenden de malas vibraciones, se purifican. Los muñecos tienen un aire satírico que predispone a todos al buen humor, a comentarios jocosos y a risas compartidas. Las <<Bellea del Foc>> de cada barrio, son admiradas por sus típicos y costosos vestidos y por su singular belleza.

Brisa recorre embelesada cada rincón, no puede creer la alegría que allí reina, todo está impregnado de una energía que se transmite por el aire y hace que el cuerpo dance al ritmo de la música contagiosa que ofrecen las diferentes bandas. Las “portadas” de cada barraca iluminan su rostro y dibujan una mueca de admiración al ver tanta imaginación puesta en la elaboración de las mismas, y el atractivo que ofrecen a la vista.

Agustín, repuesto del viaje, degusta una bebida tradicional en una barraca popular, denominada por los alicantinos <<paloma>>[1].

Son días de bullicio, de fiesta inolvidable.

Cada uno por su lado recorren la ciudad, se emocionan ante el espectáculo de la ofrenda floral a la Virgen de los Remedios y se asombran ante el estruendo que produce la <<mascletá>>.

Son cuatro jornadas intensas hasta el final, cuatro días de festividad que quedan grabados para siempre como un espectáculo increíble.

 El 24 de junio, cuando el sol comienza a esconderse, la gente se va agrupando alrededor de los ninots, esos monumentos confeccionados con cartón y madera, de características burlescas, esperando la famosa cremá que se producirá a las 12 de la noche.

Brisa y Agustín se encuentran entre esa multitud. Ella ha perdido el abrigo. Agustín tropezó con él y lo colocó en alto, para ver si aparecía la persona que lo había perdido.

—¡Es mío, es mío!— escucha a sus espaldas. Se da vuelta y ambos quedan  mirándose, y, en la profundidad de esos ojos claros, una chispa se enciende.

—¡Qué suerte que lo encontraste!—dice Brisa sonriente mientras Agustín queda petrificado ante su belleza y simpatía.

—No eres de aquí, ¿verdad?—pregunta el muchacho ya repuesto del impacto.

—No, contesta Brisa, soy argentina, pero vos tampoco sos de acá.

—No, soy australiano, pero mis abuelos y mi padre son argentinos. ¡Qué casualidad!

—¡Ah! Entonces conocerás bien mi país, habrás ido varias veces. Hablas bastante bien el castellano

— Sí, claro, he ido un par de veces, pero es un viaje demasiado largo y no hay muchas oportunidades de hacerlo. En casa hablamos mucho en español, aunque mi gramática es fatal.

—¿Cómo se te ocurrió venir a ver este espectáculo?,—pregunta Brisa mientras mira la hora en su móvil.

—Mi abuela siempre habla de las tradicionales hogueras alicantinas. Ella estuvo aquí hace muchos años y tiene recuerdos maravillosos de esta celebración. Siempre me dijo que debería verlas, aunque fuera una vez en la vida, que lo hiciera por ella.

—Otra casualidad, mi abuelo también tiene recuerdos muy hermosos de una vez que vino a presenciarlas y estaba muy feliz de que yo hubiera decidido venir.

—¿Cenaste ya?— porque yo estoy sintiendo ruidos en el estómago y ese olorcito que viene de las barracas me estimula el apetito— dice la muchacha mientras se frota el estómago.

—Buena idea, contesta Agustín. Busquemos algún lugar donde probar la coca y tomar anís con hielo.

Ambos, imbuídos de una alegría inigualable, con los rostros alegres y sonrojados por la ansiedad de esa juventud maravillosa, se sientan a degustar las típicas comidas de esas celebraciones :<<soparet alicantí>> y <<coca amb tonyina>>

Conversan sobre sus vidas, encuentran muchas coincidencias y afinidades.

Ambos son amantes de la lectura y gustan de escribir. Ella es médica y está escribiendo sobre temas pediátricos. Él, abogado, escribe sobre historia de los pueblos originarios.

Comparten el gusto por la naturaleza, por los viajes y por todo lo que tenga que ver con lo humanístico.

—Ahora que hemos saciado nuestro apetito, vayamos a ver los fuegos—dice Brisa llena de entusiasmo, tomando a un desprevenido Agustín de la mano.

Los dos corren hacia donde el gentío baila y canta y se contagian con esa música y esa alegría. Las calles desbordan de gente, las fogatas encendidas dan a la ciudad un aspecto imponente y los jóvenes se mezclan a cantar y bailar entre la multitud que colma la calle Alfonso el Sabio, donde destaca la hermosa portada de la barraca “Les Chuanos”. Allí, Brisa y Agustín, como el resto de los jóvenes, piden deseos y se detienen a mirarse con los ojos encendidos de alegría, y de algo más que iba despertando en esa inolvidable noche de junio.

—¿Sabes que si nuestros deseos son pedidos con mucha fuerza y fe se cumplirán?

—Cerremos los ojos entonces y pidamos que la vida nos permita la magia de un nuevo encuentro.

Y así, abrazados y en silencio, elevan desde lo más profundo de sus corazones ese romántico pensamiento.

El Ayuntamiento, San Blas, Benalúa, calles que recorren admirando a los ninots, abarrotadas de gente y de ruidos, y, el fuego que danza despidiendo chispas rojas, amarillas y azules, son testigos ocasionales de confidencias, de besos y caricias en esa noche que no desean que llegue a su fin.

Él la mira y tomando su cara entre las manos, deposita un suave pero apasionado beso sobre los labios de esa hermosa niña de la que ya se ha enamorado.

Brisa se sorprende, pero entrelaza sus brazos alrededor del cuello de él y responde con emoción a ese beso que le quema y le recorre el cuerpo. Se miran con algo de incredulidad por el hecho producido.

—Sentí necesidad de besarte, de decirte que tus ojos me hechizaron y que

el calor de estas hogueras me impulsan a decirte, sin equivocarme, que te amo. Decirte que esperaré el tiempo necesario para que volvamos a encontrarnos, decirte que te tengo desde este momento en mi corazón para siempre—. Ella sonríe tímidamente primero y luego, una carcajada sale de su boca.

—No puedo creerte, recién nos conocemos

—Sí, es cierto, pero algo mágico despide esta candelada y me hace comprender que me enamoré perdidamente de esta maravillosa mujercita que esta noche tan especial y brillante ha puesto en mi camino

—Ella lo mira con ternura y le acaricia el rostro suavemente.

—Dejemos que el tiempo decida, no olvidemos que la distancia que nos separa es mucha.

—Es cierto, pero estoy seguro que no podré olvidarte y que la lejanía acrecentará mi amor.

Volvieron a besarse apasionadamente en esa fascinante noche, donde las hogueras que sirven para purificar y dar más fuerza y energía al sol, les transmitían el poder especial del amor.

El amanecer de un nuevo día los ubica en la realidad. Con los zapatos en la mano emprenden el regreso al hotel, después de una maravillosa noche.

El desayuno es casi silencioso. Los ojos claros de los enamorados están velados por las lágrimas y una sombra de tristeza se ve dibujada en sus rostros.

—¿Cuándo podremos volver a encontrarnos?—pregunta él con voz temblorosa.

—No lo sé… es imposible poder fijar una fecha. Estamos demasiado lejos.

—Nada es imposible si crees. Mi abuela siempre me dice eso.

—Sí, puede ser, contesta Brisa enjugándose las lágrimas que no puede contener.

Se levantan y tomados de la mano cruzan el hall del hotel. Allí, en un rincón, un gran globo terráqueo destaca entre floreados sillones.

—Vení, dice ella con una tenue sonrisa. Se acercan al adorno y Brisa continua diciendo:

—Hagamos girar el globo, cerremos los ojos y coloquemos un dedo, donde se apoye, en ese lugar nos encontraremos.

Y así lo hicieron. Al abrir los ojos, grande fue su sorpresa al ver el destino: Caribe.

Ríen los dos a la vez y se abrazan llenos de esperanza.

—Le diré a mi abuela que me acompañe, ella tiene recuerdos hermosos de algunas  paradisíacas playas. Siempre cuenta que nunca podrá olvidar un viaje en especial, con ese mar turquesa, con la luna delineando un sendero de plata y las blancas arenas hundiéndose bajo sus pies. Además, me gustaría que te conozca, estoy seguro que le vas a encantar, como ella suele decir.

—Muy buena idea Agustín. Tal vez mi abuelo me pueda acompañar. Él en su juventud también disfrutó de muchas playas y sé que el agua cálida le satisface mucho. Cuando le cuente nuestro romance también querrá conocerte, ¡porque es celoso de mí!

—Mi abuela no sé si es celosa, tal vez en algún momento de su vida lo haya sido. Pero de vos, Brisa, no tendrá celos, porque estoy seguro que pensará que sos la novia ideal.

Y diciendo esto, se besan con la fuerza del amor recién nacido, con la rabia de tener que alejarse, mezclando lo salobre de las lágrimas con la dulzura de sus labios.

Cada uno emprende el largo regreso a casa. Dos aviones dándose la espalda, dos jóvenes esperanzados con un nuevo encuentro: 5 de mayo. Casi un año deberán esperar.

Durante ese tiempo, sin duda habrá cientos de horas pasadas acariciando un teléfono como si fuera la mano del ser amado, muchos días de risas y también de llantos, pero no morirá el deseo de un nuevo encuentro, deseo que se agigantará en el tiempo y la distancia.

Ambos se duermen con una sonrisa, recordando las promesas, soñando con el mañana.

En ningún momento ninguno preguntó, el nombre de sus abuelos.



[1] Paloma: anís con hielo.-


El Diploma y Premio, fueron recibidos por un colega que reside en España.-


jueves, 1 de marzo de 2018

AMOR EN LES FESTES DE SANT JOAN

Hace unos días tuve la alegría y el honor de que mi relato haya sido elegido segundo en el certamen que anualmente se realiza en Alicante.
La foto es el momento preciso en que el Presidente del Jurado le hace entrega de mi premio a un colega residente allí.
Aquí dejo la historia ganadora. (Segundo lugar)


Muchos años pasaron desde que, con el entusiasmo de la juventud, decidió hacer un largo viaje, que la depositó frente al Mediterráneo, en la bella ciudad de Alicante, para celebrar allí la presentación de un nuevo libro y, festejar las <<Fogueres de Sant Joan>>. En ese lugar, casualmente se enamoró por primera vez de un dulce muchacho de mirada pícara que nunca olvidó. Fue su primer amor, fue el que delicadamente le enseñó a besar, fue el que despertó en ella sensaciones que nunca más experimentó. Pero la magia terminó, las hogueras se apagaron, y aunque ellos no lo supieran, dejaron en ambos una chispa encendida que ni el tiempo ni la distancia pudo apagar.
Cada uno regresó a su hogar, a su vida de siempre y el tiempo pasó. La nieve de muchos inviernos cubrió sus cabellos y muchos otoños dejaron nervaduras en la antes sedosa y tersa piel.
En las noches de insomnio ella recuerda aquel encuentro y siente aún el temblor en el cuerpo al pensar en esa noche de pasión, con aquel que fue y será por siempre su único amor, aunque ambos hayan tomado caminos diferentes. Tal vez él también la recuerde. Desearía que fuera así.
El avión procedente de Argentina, previa escala, deposita a Brisa en Alicante.
Mientras recorre con el taxi el camino hacia el hotel, no deja de maravillarse con la belleza de ese lugar del que tanto ha escuchado hablar a su abuelo.
El chofer va haciendo las veces de guía turístico:
—A su izquierda señorita, tiene usté el Monte Benacantil donde no podrá dejar de visitar el Castell de Santa Bárbara.
—Maravilloso— contesta Brisa con los verdes ojos iluminados, recorriendo ese monte de aristas irregulares que le trae el recuerdo del color ocre de las mesetas patagónicas, de donde provienen sus ancestros.
—El Castillo es un símbolo de nuestra ciudad, corona la cumbre del monte.
—Ah, sí, cada lugar tiene algo especial. Donde mi abuelo pasó su niñez y adolescencia, en el sur argentino, en una ciudad costera, el ícono es un faro, él siempre lo recuerda con nostalgia. Cuando miro sus ojos, veo pasar por ellos muchos recuerdos y se le humedecen cuando me habla de ellos.
—Viene usté a presenciar <<Les Festes de Sant Joan>>?
—Sí, sí, contesta Brisa girando la cabeza para admirar el azul profundo y maravilloso del mar.
—Es un espectáculo digno de ver, los alicantinos agradecemos la presencia de los turistas y yo espero que disfrute de una noche mágica. Quién sabe, tal vez entre el calor de las hogueras, la algarabía de la gente, las risas y cantos alegres, encuentre el amor—dijo el sonriente conductor.
—Mmm… estoy entusiasmada con las fiestas, mi abuelo me ha hablado siempre de lo alegres y coloridas que son, pero eso de encontrar el amor… no, no estoy buscando nada y no creo encontrarlo aquí.
—Nunca se sabe niña, el amor se esconde en cada recodo del camino y tal vez brote como una llamarada y se instale en su corazón.
Ambos ríen mientras a su paso desfilan las colinas que contrastan con el azul intenso del Mediterráneo.
Brisa se hospeda en el hotel y duerme profundamente después de un viaje tan largo.
Casi del otro lado del mundo, Agustín aborda el vuelo que desde Sydney, previas escalas, lo depositará en Alicante. La primera vez que este esbelto muchacho rubio de grandes y profundos ojos claros salió de su ciudad natal, lo hizo en compañía de sus padres y abuela. Viajaron muy lejos, a ese país llamado Argentina, donde tiene parte de sus raíces y de su historia. Esta vez, emprendía un largo viaje, pero lo hacía solo, acompañado por relatos escuchados y entusiasmado por vivir esa experiencia que tantas veces la abuela le había contado.
Esa abuela lo había convencido de que participara de esos festejos espectaculares, que se remontan a tiempos pasados, donde los labradores celebraban el día más largo del año para la recolección de las cosechas y la noche más corta para la destrucción de los males. Así recuerda Agustín las historias escuchadas.
Después de casi un día viajando, llega a su destino, que lo recibe mostrándole sus montes rocosos, sus barrancos, vaguadas y sus ramblas, además de sus maravillosas playas y calas.
—Tiene razón mi abuela—, piensa Agustín mientras el bello paisaje desfila raudamente ante sus ojos, esta tierra es bellísima.
Al llegar al hotel y luego de un reconfortante baño se desploma sobre la cama hasta el siguiente día.
Todo está preparado ese 20 de junio en Alicante. Desde temprano comienza la “plantá”. Cada hoguera está siendo armada, colocada en cada barrio, para que todos puedan verlas y admirarlas antes de la “cremá”. Inmensas, coloridas, llenas de creatividad.
Los turistas y los lugareños sienten un placer especial al ver quemarse los ninots, creen que de alguna manera se desprenden de malas vibraciones, se purifican. Los muñecos tienen un aire satírico que predispone a todos al buen humor, a comentarios jocosos y a risas compartidas. Las <<Bellea del Foc>> de cada barrio, son admiradas por sus típicos y costosos vestidos y por su singular belleza.
Brisa recorre embelesada cada rincón, no puede creer la alegría que allí reina, todo está impregnado de una energía que se transmite por el aire y hace que el cuerpo dance al ritmo de la música contagiosa que ofrecen las diferentes bandas. Las “portadas” de cada barraca iluminan su rostro y dibujan una mueca de admiración al ver tanta imaginación puesta en la elaboración de las mismas, y el atractivo que ofrecen a la vista.
Agustín, repuesto del viaje, degusta una bebida tradicional en una barraca popular, denominada por los alicantinos <<paloma>> .
Son días de bullicio, de fiesta inolvidable.
Cada uno por su lado recorren la ciudad, se emocionan ante el espectáculo de la ofrenda floral a la Virgen de los Remedios y se asombran ante el estruendo que produce la <<mascletá>>.
Son cuatro jornadas intensas hasta el final, cuatro días de festividad que quedan grabados para siempre como un espectáculo increíble.
El 24 de junio, cuando el sol comienza a esconderse, la gente se va agrupando alrededor de los ninots, esos monumentos confeccionados con cartón y madera, de características burlescas, esperando la famosa cremá que se producirá a las 12 de la noche.
Brisa y Agustín se encuentran entre esa multitud. Ella ha perdido el abrigo. Agustín tropezó con él y lo colocó en alto, para ver si aparecía la persona que lo había perdido.
—¡Es mío, es mío!— escucha a sus espaldas. Se da vuelta y ambos quedan mirándose, y, en la profundidad de esos ojos claros, una chispa se enciende.
—¡Qué suerte que lo encontraste!—dice Brisa sonriente mientras Agustín queda petrificado ante su belleza y simpatía.
—No eres de aquí, ¿verdad?—pregunta el muchacho ya repuesto del impacto.
—No, contesta Brisa, soy argentina, pero vos tampoco sos de acá.
—No, soy australiano, pero mis abuelos y mi padre son argentinos. ¡Qué casualidad!
—¡Ah! Entonces conocerás bien mi país, habrás ido varias veces. Hablas bastante bien el castellano
— Sí, claro, he ido un par de veces, pero es un viaje demasiado largo y no hay muchas oportunidades de hacerlo. En casa hablamos mucho en español, aunque mi gramática es fatal.
—¿Cómo se te ocurrió venir a ver este espectáculo?,—pregunta Brisa mientras mira la hora en su móvil.
—Mi abuela siempre habla de las tradicionales hogueras alicantinas. Ella estuvo aquí hace muchos años y tiene recuerdos maravillosos de esta celebración. Siempre me dijo que debería verlas, aunque fuera una vez en la vida, que lo hiciera por ella.
—Otra casualidad, mi abuelo también tiene recuerdos muy hermosos de una vez que vino a presenciarlas y estaba muy feliz de que yo hubiera decidido venir.
—¿Cenaste ya?—porque yo estoy sintiendo ruidos en el estómago y ese olorcito que viene de las barracas me estimula el apetito— dice la muchacha mientras se frota el estómago.
—Buena idea, contesta Agustín. Busquemos algún lugar donde probar la coca y tomar anís con hielo.
Ambos, imbuídos de una alegría inigualable, con los rostros alegres y sonrojados por la ansiedad de esa juventud maravillosa, se sientan a degustar las típicas comidas de esas celebraciones :<<soparet alicantí>> y <<coca amb tonyina>>
Conversan sobre sus vidas, encuentran muchas coincidencias y afinidades.
Ambos son amantes de la lectura y gustan de escribir. Ella es médica y está escribiendo sobre temas pediátricos. Él, abogado, está escribiendo sobre historia de los pueblos originarios.
Comparten el gusto por la naturaleza, por los viajes y por todo lo que tenga que ver con lo humanístico.
—Ahora que hemos saciado nuestro apetito, vayamos a ver los fuegos—dice Brisa llena de entusiasmo, tomando a un desprevenido Agustín de la mano.
Los dos corren hacia donde el gentío baila y canta y se contagian con esa música y esa alegría. Las calles desbordan de gente, las fogatas encendidas dan a la ciudad un aspecto imponente y los jóvenes se mezclan a cantar y bailar entre la multitud que colma la calle Alfonso el Sabio, donde destaca la hermosa portada de la barraca “Les Chuanos”. Allí, Brisa y Agustín, como el resto de los jóvenes, piden deseos y se detienen a mirarse con los ojos encendidos de alegría, y de algo más que iba despertando en esa inolvidable noche de junio.
—¿Sabes que si nuestros deseos son pedidos con mucha fuerza y fe se cumplirán?
—Cerremos los ojos entonces y pidamos que la vida nos permita la magia de un nuevo encuentro.
Y así, abrazados y en silencio, elevan desde lo más profundo de sus corazones ese romántico pensamiento.
El Ayuntamiento, San Blas, Benalúa, calles que recorren admirando a los ninots, abarrotadas de gente y de ruidos y el fuego que danza despidiendo chispas rojas, amarillas y azules, son testigos ocasionales de confidencias, de besos y caricias en esa noche que no desean que llegue a su fin.
Él la mira y tomando su cara entre las manos, deposita un suave pero apasionado beso sobre los labios de esa hermosa niña de la que ya se ha enamorado.
Brisa se sorprende, pero entrelaza sus brazos alrededor del cuello de él y responde con emoción a ese beso que le quema y le recorre el cuerpo. Se miran con algo de incredulidad por el hecho producido.
—Sentí necesidad de besarte, de decirte que tus ojos me hechizaron y que
el calor de estas hogueras me impulsan a decirte, sin equivocarme, que te amo. Decirte que esperaré el tiempo necesario para que volvamos a encontrarnos, decirte que te tengo desde este momento en mi corazón para siempre—. Ella sonrío tímidamente primero y luego, una carcajada salió de su boca.
—No puedo creerte, recién nos conocemos
—Sí, es cierto, pero algo mágico despide esta candelada y me hace comprender que me enamoré perdidamente de esta maravillosa mujercita que esta noche tan especial y brillante ha puesto en mi camino
—Ella lo mira con ternura y le acaricia el rostro suavemente.
—Dejemos que el tiempo decida, no olvidemos que la distancia que nos separa es mucha.
—Es cierto, pero estoy seguro que no podré olvidarte y que la lejanía acrecentará mi amor.
Volvieron a besarse apasionadamente en esa fascinante noche, donde las hogueras que sirven para purificar y dar más fuerza y energía al sol, les transmitían el poder especial del amor.
El amanecer de un nuevo día los ubica en la realidad. Con los zapatos en la mano emprenden el regreso al hotel, después de una maravillosa noche.
El desayuno es casi silencioso. Los ojos claros de los enamorados están velados por las lágrimas y una sombra de tristeza se ve dibujada en sus rostros.
—¿Cuándo podremos volver a encontrarnos?—pregunta él con voz temblorosa.
—No lo sé… es imposible poder fijar una fecha. Estamos demasiado lejos.
—Nada es imposible si crees. Mi abuela siempre me dice eso.
—Sí, puede ser, contesta Brisa enjugándose las lágrimas que no puede contener.
Se levantan y tomados de la mano cruzan el hall del hotel. Allí, en un rincón, un gran globo terráqueo destaca entre floreados sillones.
—Vení, dice ella con una tenue sonrisa. Se acercan al adorno y Brisa continua diciendo:
—Hagamos girar el globo, cerremos los ojos y coloquemos un dedo, donde se apoye, en ese lugar nos encontraremos.
Y así lo hicieron. Al abrir los ojos, grande fue su sorpresa al ver el destino: Caribe.
Ríen los dos a la vez y se abrazan llenos de esperanza.
—Le diré a mi abuela que me acompañe, ella tiene recuerdos hermosos de algunas paradisíacas playas. Siempre cuenta que nunca podrá olvidar un viaje en especial, con ese mar turquesa, con la luna marcando un sendero de plata y las blancas arenas hundiéndose bajo sus pies. Además, me gustaría que te conozca, estoy seguro que le vas a encantar, como ella suele decir.
—Muy buena idea Agustín. Tal vez mi abuelo me pueda acompañar. Él en su juventud también disfrutó de muchas playas y sé que el agua cálida le satisface mucho. Cuando le cuente nuestro romance también querrá conocerte, ¡porque es celoso de mí!
—Mi abuela no sé si es celosa, tal vez en algún momento de su vida lo haya sido. Pero de vos, Brisa, no tendrá celos, porque estoy seguro que pensará que sos la novia ideal.
Y diciendo esto, se besan con la fuerza del amor recién nacido, con la rabia de tener que alejarse, mezclando lo salobre de las lágrimas con la dulzura de sus labios.
Cada uno emprende el largo regreso a casa. Dos aviones dándose la espalda, dos jóvenes esperanzados con un nuevo encuentro: 5 de mayo. Casi un año debían esperar.
Durante ese tiempo, sin duda habrá cientos de horas pasadas acariciando un teléfono como si fuera la mano del ser amado, muchos días de risas y también de llantos, pero no morirá el deseo de un nuevo encuentro, deseo que se agigantará en el tiempo y la distancia.
Ambos se duermen con una sonrisa, recordando las promesas, soñando con el mañana.
En ningún momento ninguno preguntó, el nombre de sus abuelos.


Junio, 2016.-



 Felipe Grisolía recibiendo mi premio en la cena.
Diploma otorgado

RELATOS CON BANDA SONORA

RELATOS CON BANDA SONORA

La evolución de la música a través de los siglos ha estado intrínsecamente relacionada con la de la palabra. Los cuentos, las leyendas, la propia historia, comenzaron transmitiéndose de forma oral, pasando de una generación a otra; en incontables ocasiones acompañadas de música, pues de esa forma era y continúa siendo más sencillo mantener la atención de aquellos a los que la información va dirigida.
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