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sábado, 3 de marzo de 2018

EL PAN DEL MILAGRO

Mi relato "EL PAN DEL MILAGRO", fue publicado en el libro 
"CUENTOS DE LA ESPELTA Y LA SAL".

Octubre, 2015.-

TRESCIENTOS SESENTA Y CINCO DÍAS


El año va llegando a su fin.

Trescientos sesenta y cinco días que decimos:
—¡Qué rápido han pasado!
Pero cuando nos detenemos a pensar…¡Cuántas cosas han pasado!
Mientras me propongo realizar una receta de muffins de arándanos, pienso que siempre, a esta altura del año, me gusta hacer un balance de todas las cosas que ocurrieron. Mientras mezclo y bato me propongo un ejercicio de yoga: intentar desdoblarme, salir de mi cuerpo y recorrer un camino.
Y así, con las manos en la masa, separo mi cuerpo físico de mi espíritu y diviso un enorme cartel que en grandes letras dice PARTIDA.
Me sitúo detrás de la línea blanca y miro esa franja casi recta que se va angostando en el horizonte, y allí comienzo mi caminata.
Decido hacerla lentamente pues recorrer un año de camino en tan solo una hora será cansador y desgastante.
Llevo una pequeña mochila en mi espalda donde voy juntando guijarros a medida que avanzo. El camino no es tan recto ni tan limpio como se ve en la línea de partida. Tiene empinadas subidas y bajadas abruptas, tiene fango y grandes rocas que entorpecen la marcha.
Voy introduciendo piedras por aquellos proyectos que dejé sin intentar realizar, por la enfermedad de un ser muy querido, por alguna mentira que intentó ocultar una verdad, por enojos y agravios que salieron de mi boca sin poder filtrar.
Y mientras mi cuerpo físico ve crecer la masa, ve como sube, como se espesa y pesa, mi cuerpo espiritual que recorre ese largo camino, siente también el peso de esa mochila que me encorva y enlentece mi andar.
Decido sentarme mientras la masa leva y también en mi camino busco la sombra de un añejo árbol para descansar.
Allí recostada, mis manos juegan con las piedrecillas que fueron surgiendo en estos trecientos sesenta y cinco días. Lágrimas de impotencia caen sobre ellas por tantas situaciones que no resolví, por tantos momentos que no compartí, por tantos sentimientos que no fueron puros, por tantos olvidos y por tantas metas sin cumplir.
La masa levó y es hora de ingresarla al horno. 
También mi otro cuerpo ya tomó respiro y vuelve al camino que el año trazó.
Una brisa fresca me recuerda risas, los lindos momentos de la Navidad, las chispeantes burbujas del Año Nuevo en una copa de champagne, brindando felices con esta familia que logré formar. Entonces mi mano arroja una piedra, por esos instantes de dicha total. 
También la alegría de aquel reencuentro con amigos lejanos, frente a una gran mesa llena de manjares, de anécdotas y recuerdos, hacen que otra piedra vuelva a tirar.
Pienso en el momento tan único y especial, cuando vi a mis hijas del brazo del padre su matrimonio consagrar y esa gran fiesta donde para cada amigo había un lugar. Veo la felicidad reflejada en el rostro de mi hijo por esa familia que está por armar.
El día certero que un correo sin destinatario me hizo el regalo de amigos a través del charco.
La oportunidad de aprender y escuchar y de que mis palabras en un libro se puedan plasmar.
Y así, muchos pedruscos salen y ruedan por la pendiente de ese camino que ya llega al final.
El timbre del horno me indica que la hora justa se acaba ya y una bandera a cuadros señala que estoy en la recta final.
Pero falta una noticia antes de alcanzar la meta. Esa que esperaba con tanta ansiedad.
Esa que me llena de renovada energía, que enciende mis ojos al hablar. Si ser madre es conmovedor, saber que voy a ser abuela me hace galopar el corazón.
Me desplomo exhausta después de una hora de arduo caminar. Me inclino en la bolsa que ya no pesa más. Y otra vez las lágrimas brotan sin cesar, porque apenas un par de guijarros quedan por saldar.
Al abrir el horno me sonríen los muffins que levaron mucho y adquirieron el color y textura para saborear.
Miro hacia el cielo azul y ese cuerpo que dejé escapar, que durante una hora transitó el camino de tantos días de lluvia y de sol, vuelve y se introduce, casi sin peso, nuevamente en su lugar.
Entonces respiro aliviada porque lo positivo triunfó en el largo año que me tocó transitar.
Los muchos errores me hicieron recapacitar para intentar no volver a tropezar, los logros afianzaron mi seguridad y los sueños, metas y proyectos volverán a estar.
Deseo el próximo año, al recorrer este camino llamado balance, poder desechar el peso que queda, aunque se con certeza que nuevas piedras ingresarán a mi mochila
Porque el camino de la vida no es llano, no es recto, no es perfecto.
Entonces doy vuelta la bandera a cuadros para colocar nuevamente el cartel de partida, que también tendrá trescientos sesenta y cinco días.



Diciembre, 2014.-


jueves, 1 de marzo de 2018

DESDOBLAMIENTO


DESDOBLAMIENTO

Se siente punzante, doloroso, como un metal helado que llega hasta las entrañas.
Se asoma lentamente a esa ventana, opaca de humedad, y el paisaje le parece un espejismo.
La desnudez de los árboles, la nieve incesante que dibuja arabescos antes de formar esa acolchada alfombra. No parece un paisaje real. Está enlazado a una nebulosa, como si fuera una aurora boreal que envuelve todo y lo traslada al universo astral.
Todo es silencio, soledad. Siente como algo se desprende muy dentro de ella, como si el alma saliera de su cuerpo, atravesara la ventana y se pusiera a andar.
A caminar sin destino, a dejar que los pasos sigan ese presentimiento, que lleguen hasta ese lugar que ella no conoce pero sabe que existe.
El gélido viento la acompaña, como cuando era niña. Siempre fue su compañero y anida en sus oídos como música impregnada de recuerdos.
Esa parte de ella no siente frío, camina sobre la nívea carpeta con los pies desnudos. Sus ojos se enturbian con lágrimas ardientes que derriten los copos de nieve y su boca esboza una hermosa sonrisa.
Siente que levita, que vuela, sus pies tienen alas y su corazón, el galope de un corcel. Se pierde en la espesura de la tarde que se torna en noche, el gris se confunde con los colores que emergen de ese cielo y que la hacen danzar y reír.
De pronto, un escalofrío recorre su cuerpo, siente un golpe muy fuerte dentro del pecho y recupera la conciencia.
Sabe que está allí, frente a esa ventana que le muestra un crudo invierno, siente que viajó en el tiempo, pero al pasar la mano sobre el helado y húmedo cristal, ve como su alma regresa, y se introduce nuevamente dentro de ella.
Se da cuenta que viajó en el tiempo, hacia ese lugar donde la esperanza anida, donde descubrió, que no hay estaciones, que el amor siempre está, en el sol del verano, en la nieve del invierno, en las flores de primavera y en los ocres de otoño. Porque el amor, ese que siente, no se diluye, existe para siempre.
Se encamina lentamente hacia la habitación en penumbras. Deja caer la ropa a sus pies. Solo la cubren unas prendas muy blancas y transparentes que dejan al descubierto el trigal de su pubis y esas areolas rosadas que se dibujan sobre el níveo tul.
Mientras escucha los pasos amortiguados por la nieve, se desliza entre las sábanas carmesí, saboreando el encuentro prohibido, el momento deseado, sintiendo ya el éxtasis latir dentro de ella.
Gira la cabeza hacia la ventana y nota como la nieve se derrite, como los árboles visten de un nuevo verde y la corola de las flores se abre como su vientre.
Entonces siente la calidez de esas manos donde no hay invierno, solo hay pasión y fuego, que enciende la hoguera interior de su cuerpo.

  EL OCASO DEL GUERRERO Fue el elegido para custodiar el pueblo, Fue el centinela, vigilante y altivo que con su traje de arcilla Supo tener...

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