PRIMER MICROCUENTO
No viven lejos, pero el camino que los separa es largo y peligroso.
Ella vive en un frondoso árbol y su melodioso trino se escucha al amanecer. Se llama Alondra y le canta al sol.
Él se aloja en una añosa tipa que esparce como lágrimas sus flores amarillas. Su nombre es Jilguero.
Los separa una calle, viven en diferentes veredas.
Jilguero y Alondra saben que su amor es imposible, es prohibido, que no pueden ni podrán cruzarse de vereda. Entonces, cuando cae la tarde, entremezclan sus trinos en triste melodía.
A veces, burlando al destino, caminan por la cornisa y roban besos al tiempo y acarician con ansias su cálido plumaje.
Pero Jilguero enfermó y Alondra no resistió la soledad y el silencio de ese nido vacío.
Entonces se mimetizó y sin medir consecuencias llegó hasta la sala blanca y aséptica.
Su pequeño corazón tembló al ver la palidez de su Jilguero. Extendió sus alas y cubrió ese cuerpo tan querido, le dio su calor y colocó su pico en el hueco del de su enamorado para darle aliento.
La luz del reflector la cegó y cobijando a su amado se durmió. Soñó que muy pronto ambos estarían cantando y disfrutando la salida de un nuevo sol.
Saben que aunque no puedan cruzarse de vereda, nada ni nadie podrán acallar su amor.
Y cada amanecer cantarán con dulzura y esperanza, sin perder nunca la pasión que los abraza.
Ella vive en un frondoso árbol y su melodioso trino se escucha al amanecer. Se llama Alondra y le canta al sol.
Él se aloja en una añosa tipa que esparce como lágrimas sus flores amarillas. Su nombre es Jilguero.
Los separa una calle, viven en diferentes veredas.
Jilguero y Alondra saben que su amor es imposible, es prohibido, que no pueden ni podrán cruzarse de vereda. Entonces, cuando cae la tarde, entremezclan sus trinos en triste melodía.
A veces, burlando al destino, caminan por la cornisa y roban besos al tiempo y acarician con ansias su cálido plumaje.
Pero Jilguero enfermó y Alondra no resistió la soledad y el silencio de ese nido vacío.
Entonces se mimetizó y sin medir consecuencias llegó hasta la sala blanca y aséptica.
Su pequeño corazón tembló al ver la palidez de su Jilguero. Extendió sus alas y cubrió ese cuerpo tan querido, le dio su calor y colocó su pico en el hueco del de su enamorado para darle aliento.
La luz del reflector la cegó y cobijando a su amado se durmió. Soñó que muy pronto ambos estarían cantando y disfrutando la salida de un nuevo sol.
Saben que aunque no puedan cruzarse de vereda, nada ni nadie podrán acallar su amor.
Y cada amanecer cantarán con dulzura y esperanza, sin perder nunca la pasión que los abraza.
Enero, 2016.-

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