martes, 21 de febrero de 2023

 FINALIZA EL 2022

Sí, un año variopinto nos deja y como siempre, comenzaremos otro con las mismas esperanzas, sueños y proyectos que nos animan. Fue un año donde se mezclaron sonrisas y lágrimas. "Unos llegan y otros parten", decía mi mamá. Y así fue, llegó Bruna, mi quinta nieta y partió mi esposo, después de cincuenta años de estar juntos.
Una de cal y una de arena. Pero la vida continúa y las ansias de escribir se acrecientan. Es por eso que esta Navidad, Papá Noel me trajo el maravilloso regalo de un nuevo hijo de papel, de una novela escrita desde el corazón y que revive el recuerdo del jardín de mis abuelos y la vieja casona de la calle García del Río.
Gracias a todos los que confiaron en mí, gracias a los que me hicieron llegar sus aportes y también sus comentarios. De esta manera, se potencian los deseos de continuar escribiendo.  
Mil gracias a todos y que 2023 sea pródigo en realizaciones.




 

 DANIEL LUZ CLARA

(+01/02/2023)
El 1 de febrero falleció un querido ex compañero de secundaria, un ser carismático, bondadoso, alegre, amante de la naturaleza, que siempre nos enviaba hermosas fotos de paisajes, de ocasos y amaneceres.
Daniel Luz Clara, fue el que escribió el prólogo de mi novela UN JAZMÍN Y UN LIMONERO. Cuesta creer que ya no esté entre nosotros.
Mi humilde homenaje para un querido ex compañero.

 AL AMIGO DANIEL

La naturaleza ha acallado los sonidos que desde el alba, todos los rincones de la tierra y el cielo inundaban.
Han enmudecido los pájaros y las mariposas se han dormido.
El Limay corre lento, perezoso y aletargado, inundando el espacio con un sonido que se asemeja a un lamento.
El Lanín derrite sus nieves eternas que vuelca en vertientes en forma de lágrimas.
Los atardeceres, otrora imponentes, de fuego candente, hoy derraman una luz mortecina. Y el amanecer solloza entre nubes rojas.
Todo aquello que amaste, querido Daniel, todo lo hermoso y luminoso que tus ojos vieron, todo lo especial que tu alma sentía al recorrerlos, hoy está en silencio, envuelto entre velos de sombra, para rendirte homenaje en el triste día de tu partida.
Pero el cielo espera tu llegada entre nubes doradas, acompañado por el suave murmullo de las cristalinas aguas de tu Limay querido y con el aroma de los pinos y las araucarias.
El Chocón te despide guardando tu voz como un eco, entre sus acantilados rojizos y, las zarzas y las jarillas danzan mecidas por el viento en esta triste despedida.
Todo lo que amaste querido Daniel, te acompañará siempre, iluminando tus chispeantes y claras pupilas.
Y toda esta Promo que hoy llora tu partida, que no asume tu ausencia, te recordará siempre con tu humor, tu carisma y bonomía.
Buen viaje Daniel, estarás siempre en nuestro recuerdo.




🥲

viernes, 6 de noviembre de 2020

UN COLLAR DE CORALES


Sentada sobre el peñasco más alto, divisaba ese horizonte que se teñía de rojo y convertía en sangre las azules aguas que mecían sus recuerdos.
Sabía  que ya nada sería lo mismo, que el viento la azotaría en su soledad, que el silencio la acompañaría en su deambular, porque esas dulces palabras, susurradas en sus oídos, habían partido, se habían ido empujadas por esas olas que todo lo devoraban, incluso el amor  más sincero y puro.
Sus ojos anegados de lágrimas, tan salobres como las que ese mar arrojaba con fuerza sobre el acantilado, miraban sin ver, pero divisaban esa figura que parecía que se fundía en el ocaso, aunque  el oleaje no dejaba desvanecer.
Y así se sucedieron los años y siempre en el horizonte flotaba ese amor como una nebulosa, como algo tan sublime que ni las olas se animaban a arrastrar a las profundidades.
 Un día, cuando el otoño de su vida teñía de luna sus cabellos, la espuma de ese mar indómito, lo arrojó a la playa, lo dejó a sus pies para que ese amor que nunca naufragó, le ofreciera un collar de corales y una nueva promesa de amor.




ATREVIDO

 


Se acercó a la ventana de mi vida, cuando el mundo, con decretos, con miedos y premuras, corría las cortinas.

Asombrada contemplé su osadía, nada lo detenía.

 Sorteaba las rejas que encierran los juegos de las plazas y forzaba las hendiduras que, descuidadamente  quedaban expuestas al transgresor.

 Me extasié con su seguridad y su lento movimiento, que no por lento dejaba de envolver todo con su presencia. Y sentí que mi alma renacía, entre el ostracismo y la oscuridad de tantos días.

 Extendí las manos con el vano deseo de aprisionarte, pero… te escurriste entre mis dedos.

 Cerré los ojos y sentí, que a pesar del distanciamiento, te animaste a acariciar mi rostro y poner, con amor, luz en mis cabellos.

 Largo rato me acompañaste burlando el aislamiento y volviste a dejar la esperanza instalada en mi alma.

 Después comenzaste a alejarte, a dejarme nuevamente sola y desamparada.

 Pero lograste  dibujar en mi rostro una sonrisa y en mis ojos el brillo de la pasión renovada.

 Prometiste volver cada mañana, a pintar un arco iris en la gris melancolía , a lograr que las cenizas de la incertidumbre se conviertan en llama y revivir el calor que se fue apagando con el correr de las semanas.

 Me dejaste un beso cálido en los labios, recorriste suavemente mi cabello y acercándote al oído murmuraste:

—No sufras niña mía, recuerda siempre que… el sol nunca migra.

 

“El sol saldrá. Esto también pasará.”

(Dicho persa)



 

LAS CIGUEÑAS DE LA CUARENTENA

 


 

Con la pandemia de COVID-19, llegó el confinamiento para los humanos.

 Todos encerrados en nuestras casas, solo alguna esporádica salida por necesidad.

Nosotros presos, pero los animales, insectos, aves, en libertad.

 Algunos felices de no tener que ocultarse, salen de sus madrigueras, de sus cuevas o de su hábitat y se pasean tranquilamente por los lugares antes concurridos por nosotros.

Las aves miran un azul cielo que nunca habían visto, sin gases ni otros elementos tóxicos que no dejaban al descubierto su luminosidad.

Las garzas y los flamencos se pasean por las desiertas playas, blancas cigüeñas bostezan en sus enormes nidos.

Entonces, ante el silencio y el aburrimiento, parlotean entre ellas y se les ocurre una travesura.

Sus sonoros graznidos, que asemejan risas, se van multiplicando, pasando de nido en nido y el eco se escucha en el mundo entero.

 Entonces, cuando todas están enterradas, las pícaras cigüeñas  ponen en marcha el plan.

 En muchos lugares comienzan a escucharse hermosas noticias, deseadas algunas, inesperadas otras.

En un departamento de Nueva York, más precisamente en Brooklyn, un hermoso niño de dos años, llamado Lapo, recibe la noticia de que una cigüeña pronto pasará y le dejará un hermanito.

 La mamá  no sale de su asombro, pues para la cigüeña ya la puerta estaba cerrada.

Y aquí en Buenos Aires, Nicolás festeja que entre Papá Noel y la cigüeña, le regalarán una hermanita que se llamará Delfina.

 Así, estas traviesas aves, decidieron ponerles emoción al confinamiento, a la cuarentena.

Los límpidos cielos, donde no surcan ya aviones, se ven tapizados de blancos plumones que van en todas direcciones, llevando su preciada carga.

 Ríen las cigüeñas, hay alegría en los hogares, llegará el niño ansiado o ese hermanito siempre deseado.

En estos momentos de angustia, soledad e incertidumbre, las dulces cigüeñas llevarán alegría a muchos hogares. Para recordar, que en época de pandemia, también existen momentos felices y noticias para festejar.












COMO MUCHOS...SEPARADOS

 


Los labios agrietados, faltos de la humedad de su boca. Las lenguas, inertes, dentro del oscuro escenario donde solían danzar con frenesí.

El cuerpo, estremecido ante el recuerdo de su boca ansiosa recorriendo el hueco de su cuello, mientras las traviesas manos bordean las curvas de sus senos, y se posan ansiosas sobre el pubis mullido.

Y así, llegando al paroxismo del deseo, los cuerpos se agitan, dejando escapar jadeos y gemidos, como poseídos.

Han quedado separados. Distantes en espacio y en tiempo.

En completa soledad, añorando otros momentos, soñando con caricias que se convierten en recuerdos.

Pero el amor es muy fuerte, ha sorteado tormentas, ha padecido desencuentros.

Entonces, aunque el que intenta separar tenga corona, ni él ni nadie podrá destronar ese amor que nace desde la profundidad del alma y se instala con vehemencia  para nunca ser desterrado.


 

REALIDAD

 


Anoche en la penumbra del cuarto te pensaba.

Entorné los ojos y mis dedos dibujaron el contorno de tu cabeza sobre la almohada, la silueta de tu cuerpo sobre sábanas heladas.

Estiré los pies buscando la tibieza de los tuyos y mis manos, en el aire, acariciaron la fortaleza de tus muslos.

Sentí tu abrazo apretando nuestros cuerpos, sintiendo el calor de nuestra piel, que despedía fuego.

Incliné mi cabeza, buscando tu rostro amado y mi boca se abrió esperando el néctar de tus labios.

Abrí los ojos, para verme reflejada en tu serena mirada y un estremecimiento recorrió mi cuerpo, porque… allí no estabas.

Me encogí como un pájaro herido, hundiendo la cabeza entre las sábanas. Y lloré lágrimas amargas, por la soledad, por el silencio.

A mi lado, solo el aroma de tu piel amada, deseada, y un diario recordando la obligación de guardar distancia.




SEPTIEMBRE, 2020.-

domingo, 19 de enero de 2020

OCASO



 En valencia se realizó un concurso Literario + fotográfico, donde un escrito, de no más de 100 palabras, debía servir como modelo para realizar fotografías. Mi poema OCASO, quedó entre los 9 seleccionados y las fotografías de    son realmente extraordinarias y reflejan con precisión lo expresado en el poema. Mil gracias a JUAN MARÍA RODRÍGUEZ MUNERA,  mil gracias a PEPE SANCHIS por esta maravillosa inquietud y mil gracias a quienes seleccionaron mi poema y me dieron la oportunidad y el honor de estar presente en este maravilloso evento. ¡Por muchos más! 


Se desgrana sangre del ocaso, sobre la sedosa superficie del océano.
Como piel suave y deseosa, absorbe el torrente de lágrimas ardientes,
 Que penetran, que horadan y despiertan los sentidos.
Rojo fuego ilumina aquel pequeño muelle,
 Donde mil besos pasionales se mezclaron con las gotas salobres,
 Que ese mar teñido de granate, salpicaba los amantes rostros.
Mar y cielo deslumbrando, encandilando con fulgor
La danza de caricias, de palabras dulces,
Que intentaban prolongar la despedida.
 El mar, infinitamente azul, se tornó en hoguera,
 Donde aquel pasional amor se quemó, hasta convertirse en cenizas.
Pero entre aquellas cenizas, una brasa quedó encendida.
 Los años pasaron, los ocasos continuaron,
 El mar rugió, se convirtió en león, se incendió, pero sin la misma pasión.
Hasta que un día, una ráfaga de viento encendió aquella brasa,
 Que volvió a ser fuego, y volvió a beber en su piel de otoño,
todo el calor de aquel poniente que perduró en el tiempo.

                                                                                           LILIANA SILVIA EBNER
BUENOS AIRES - ARGENTINA
2019
















DOS MUJERES... VALEROSAS INMIGRANTES



LIBRO DE MUJERES INMIGRANTES


 Otro de mis relatos que fue seleccionado para integrar el próximo libro que se editará para la feria del Libro 2020.



1898 – ULEILA DEL CAMPO – ALMERÍA

En el seno de una familia de agricultores, exportadores de uva, nacía Dolores María Mijoler Rubio, en un cortijo de Uleila.
          Dolores, Lola para su familia, quedó huérfana de padre a muy corta edad. La coz de un caballo terminó con la vida de Don Ismael a los 33 años, cuando cumplía con la Milicia, que en Caballería, eran cinco años.
La madre de Dolores, mi bisabuela, Águeda María, fue la primera mujer inmigrante de mi familia. A la edad de 30 años quedó viuda. Sola en el cortijo, con dos niños pequeños. La vida se hacía dura, no veía porvenir para sus hijos.
Escuchaba hablar de América y su joven mente comenzó a vislumbrar un horizonte más claro.
Era una mujer fuerte, valerosa, decidida. Vendió parte del Cortijo y decidió comenzar una nueva vida, lejos de la pobreza que se avizoraba, de las guerras y del estigma de mujer sola de aquella época.
Dejando a sus hijos al cuidado de una tía, se embarcó en el buque Infanta Isabel con un bagaje lleno de ilusiones.
Llegó al Puerto de Buenos Aires y por un tiempo se hospedó en casa de familias que habían llegado con anterioridad. Todos se ayudaban. Todos tendían una mano a aquellos que venían en pos de un futuro mejor.
Consiguió trabajo como pantalonera y con su magro sueldo, alquiló la bohardilla del dueño y el resto lo ahorraba para poder traer a sus hijos.
Con mucho sacrificio, la espalda encorvada y los ojos turbios de coser a la luz de las velas, logró, luego de un par de años, traerlos.
Así fue como mi abuela Dolores, se convirtió en la segunda mujer inmigrante. Toda una odisea, cruzar el Atlántico, todo un desafío.
Felipe y Lola, con 12 y 10 años respectivamente, se pusieron a trabajar. Mi abuela ayudaba a su madre a hacer dobladillos, a pasar la plancha y también a realizar algunas tareas domésticas.
Dejó la escuela, pues era imposible sin su ayuda sustentarse.
Trabajaban los tres duramente y lograron no pasar necesidades. Lujos nunca, pero sí, la riqueza en el alma, de estar unidos.
Era la época en que comenzaban a llegar los inmigrantes. Todos los “paisanos” se agrupaban en distintas asociaciones, colectividades, para ayudarse, para mantener las tradiciones. Mi bisabuela, junto con mi abuela colaboraban activamente con el Club Español. Los fines de semana cocinaban comidas típicas, repostería, que se servía y/o vendía en el Centro, y esos fondos servían para ir organizando y ampliando las instalaciones..
Allí llegó otro inmigrante, mi abuelo, Manuel Calatrava Montoya. Hombre carismático, cantaor de flamenco, instruído y hábil para los negocios. Descendía de una familia de comerciantes de Nijar.
En El Club Español se conocieron Manuel y Dolores, mis abuelos maternos. Tiempo después se casaron.
Mi abuelo decidió emigrar a parajes desiertos, a conquistar la gélida Patagonia, a radicarse en Comodoro Rivadavia, donde lo único que había eran tierras estériles, y vientos helados.
En 1907 llegó el petróleo. Ese oro negro que cautivó a centenares en el mundo entero y que, corridos por la hambruna y las dictaduras, decidieron embarcarse, muchos en un viaje sin retorno, con un único equipaje: lograr el sueño de forjarse una vida digna.
Comodoro albergaba cientos de hombres, rudos y solitarios que esperaban ocupar sus horas en el trabajo y llenar sus manos de monedas para un venturoso futuro.
Ante tantas personas necesitadas, mi abuelo construyó una Gamela (especie de comedor–confitería) y allí daba de comer a esos inmigrantes, sin cobrarles nada hasta que consiguieran trabajo.
Mi abuela Dolores, trabajaba a la par de él.
Controlaba la cocina, la higiene de los comedores y sanitarios, la pulcritud de los manteles. Ella decía, que bastante tristeza llevan en el corazón los inmigrantes y que era necesario darles un lugar donde se sintieran cómodos, pero sobre todo bienvenidos.
Ella conocía esa tristeza, ese desarraigo. Ella conocía el desgarro de dejar todo, de aventurarse a un mundo desconocido, de comenzar de nuevo.
Supervisaba que las comidas fueran calóricas, pues esos hombres trabajaban duro, en condiciones climáticas desfavorables.
Como había inmigrantes de diferentes lugares del mundo, polacos, checos, alemanes, ucranianos, mi abuela se encargaba de comprar o encargar discos con canciones populares de distintos países. Así, a la hora de la cena, cuando la soledad atenaza y los recuerdos hacen sangrar el corazón, ellos escuchaban canciones de sus lugares de origen.
Mi abuela solo había terminado tercer grado, en España. Pero leía y escribía muy bien.
Muchos de esos inmigrantes eran analfabetos, y ninguno conocía el idioma. Entonces ella, los sábados y domingos, reunía en una parte del salon comedor a esos hombres, vestidos con humildad, pero con ropa domingera y con mucha paciencia les enseñaba lo básco del idioma, como así también operaciones matemáticas.
Muchos de esos rudos hombres, dejaban correr lágrimas por sus agrietados rostros, al comprobar que podían leer un diario o hacer una suma al realizar una compra.
Mientras tanto, mi bisabuela, remendaba pantalones, daba vuelta cuellos de camisas, zurcía medias, de aquellos hombres solos, y lo hacía con amor, porque ella también era una inmigrante que había padecido la soledad.
Mi abuela, junto a su esposo, trabajaron mucho para consolidar la Sociedad Española en Comodoro Rivadavia.
 Eran activos participantes elaborando comidas, que muchas veces mi abuela, junto a su madre, preparaban y llevaban en enormes ollas.
 También festivales, kermeses y todo lo que pudiera engrandecer esa Sociedad, donde se comenzaron a realizar bailes, exposiciones y a proclamar y hacer conocer la cultura española.
También participó activamente en el mejoramiento del Sanatorio Español. Una vez a la semana, realizaba colectas, visitaba enfermos y les llevaba exquisitos buñuelos de manzana y polvorones. Nunca he probado algo tan rico como lo que ella hacía.
Las noches de invierno, con un brasero bajo la mesa, ella y mi bisabuela, tejían a bolillo. Carpetas increíbles, puntillas, que luego servían para la casa, pero la mayoría las donaban a la Escuela, para que realizaran rifas que ayudaran a la magra Cooperadora. A esa Escuela donde concurría su hija mi madre María Dolores, Mariquita, como todos la han conocido.
La querida Escuela N°.50, única en aquel barrio, establecimiento que se destacó por la excelencia de su instrucción. Allí concurrimos mis hermanos y yo.
Allí bajo la atenta supervisión de sus Directores y Maestros, estudiamos todos los hijos y nietos de inmigrantes que llegaron a ese desolado lugar. Todos unidos bajo la enseña celeste y blanca, todos con el mismo guardapolvo blanco, sin distinción.
Muchos años han pasado, ya no queda nadie de aquella generación de inmigrantes españoles, polacos, portugueses, rusos, a los que mis abuelos dieron albergue, alimento y lo más importante tal vez, compañía en esa triste soledad, donde la tierra y la familia se desdibujaban en la helada niebla.

Abuela, seguiste el ejemplo de tu madre, te convertiste en fuerte mujer inmigrante, dejaste tu patria, tu gente, tu pueblo y amaste este país con toda tu alma, dejaste tu huella, tu gratitud, tu esperanza en esta Argentina que a veces se levanta luminosa y brillante como el sol naciente y otras se desangra como el sol naranja-fuego del poniente.
Dos países, dos banderas que fueron tu vida, hoy se entrelazan, hermanadas, y forman parte de mi identidad.
 



























































































































































































































































































































































































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